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viernes, 18 de junio de 2010

Serás más que reina

Dos días estuvo el Coplero dándole vueltas a lo que el viejo le había contado. Así que sólo tenía que confiar. Confiar en que podía hacerlo, en que la vida no era tan mala, en que ese ente mediador y sabio lo ayudaría. Y al fin se convenció. Salió por la puerta dispuesto a lanzarse, a volver a su vida de la frutería y enamorar a la Aurori como sólo un hombre noble y bueno podría hacer. Sin máscaras, sin tapujos, sería él mismo, Coplero en estado puro, más vivo que nunca. Y así lo conseguiría, estaba seguro.

Sin embargo, cual fue su sorpresa al encontrarse sola a la Porrúa sin dar abasto en la frutería, lanzando maldiciones a diestro y siniestro. "¿La Aurori? ¿Que quiereh sabé dónde ehtá la Aurori? ¡Me importa una poca leche donde ehté la miserable! Que me habéih dehao tirá con er negosio to la semana, a mí, que ehtoy que no puedo con lah piennah de loh dolore que tengo, sinvergüenzah, que llevo sinco díah perdiendo dinero por vuehtra puñetera curpa!"

El Coplero no daba crédito... ¿Cómo, cuándo, adónde?, se preguntaba. "Mira desgrasiao, lo único que sé eh que ar día siguiente de tú desaparesé, la mu ehtúpida se fue y que a buhcarte. Me dehó plantá en mitá de la mañana, con to lah cosah por hasé y te juro que no la maté porque no le di con la papa que le tiré a la cabesa, que si le llego a dá se muere der papataso que le endiño. Poh a loh treh díah, osea, ayé, aparese la mu pava hecha una pena y sin econtrarte, claro. Yo, que soy una crihtiana como Dioh manda, la atendí, le di de comé y la dehé lavarse en la pila de lavá la fruta y que vorviera a su trabaho. Güeno, poh a ehto que llega un americano con unah pintah... unah pintah señorito que tenía er americano, que me puso to la frutería oliendo a perfume que eso se entera Franco y no lo permite porque eso tiene que sé pecao, te lo digo yo. Resurta que el americano cuando vio a la Aurori se queó prendaito, vamoh, que casi me llena loh tomateh de baba er mu cochino. Totá, que le dijo aquí delante de to loh que ehtábamo, con un asento máh raro que la má, que si se iba con él a Güachintón o yo qué coño sé, la iba a hasé la muhé máh felí der mundo, que no le iba a fartá de na y que la iba a tratá como a una reina. No veah la que se montó en la frutería, tor mundo aplaudiendo, la gente que iba por la calle se metió a curioseá, me acabaron robando de tó, pero yo quién ha sio, vamoh, que se creen que no lah vi yo llenarse er borso perah a la Juana y la Sole, ratah de arcantarilla... ¿La Aurori? Se fue, poh claro, no se iba a ir, me hubiera ido yo! Llorando se fue, fíhate lo que te digo, llorando de la emosión! Y aquí me dehó otra veh trincá la mu...."

Y mientras, en algún lugar de camino a las Américas, Aurora Martínez lloraba en silencio sabiéndose María de la O. El Coplero, sin embargo, rápido se vio como en su copla favorita, aquella que solía cantar de noche en la Plaza del Museo...

martes, 25 de mayo de 2010

El quién y el por qué

XVII

Amigo Coplero, puede que no me hayas comprendido. Toma asiento, ponte cómodo, y déjame que te cuente algunos detalles importantes de una manera más clara.


Dicho esto, el Romancero fue a la cocina y sirvió tres copas de coñac. Prendió un candil, puso música clásica en un viejo tocadiscos (aunque moderno para aquella época) y se encendió un puro. Acabado el ritual, a la luz tenue empezó a contar.

Yo era un loco solitario, como tú, Coplero. Tenía un buen trabajo, una buena vida, no me faltaba de nada. Sin embargo, había algo que me sobraba en cantidad. Preguntas. Un día, me encontré con un hombre que se ofreció a ayudarme. Casualmente era psiquiatra, aunque sus desequilibrios estaban años luz más allá que los míos, era un auténtico maníaco, pero realmente un buen médico.
- ¿Quieres saber algo, loco? Nos vigilan -me dijo cuando lo conocí-. Siempre lo han hecho y siempre lo harán.
-¿Quién? -le dije yo-.
-Depende -me respondió-.

Y esta es la historia que me contó Azufaifo, mi psiquiatra:


"Puedes creerme o no, loco, pero lo que te voy a contar es cierto. Desde niño sentí sus ojos siguiéndome a todas partes. Sabía que alguien me perseguía, que me vigilaban, cada movimiento, cada decisión, cada travesura. Mis padres, mis amigos, todos me lo negaban y me tachaban de loco, apoyándose además en mi personalidad obsesiva, cosa que no viene a cuento. Durante un tiempo, intenté apartar de mí ese sentimiento, pero pronto me di cuenta de que era imposible, pues esa extraña fuerza me perseguiría siempre. Así que decidí confiar. Confiar en mí, en lo que me decía el corazón. Y al fin me fue revelado. Era una noche de mayo y andaba yo perdido por la plaza Virgen de los Reyes, junto a la grandiosa Catedral sevillana. Entonces me habló. "Estoy aquí arriba", me dijo. Yo miré y la vi. Era ella, nuestra guía, el Coloso de la fe. Cada ciudad tiene una, me contó. Es como un símbolo, una figura legendaria situada siempre en un lugar relevante. Ella encierra las historias de todos los ciudadanos, sus pasiones, sus secretos, sus alegrías y sus miedos... no habrá tan siquiera uno que no haya pasado por su lado alguna vez y cuya historia ella no haya podido absorber. Pero sólo la confianza te llevará hasta ella."


El Giraldillo, Coplero, ella es la clave en nuestra ciudad. Su verdadero nombre es Triunfo o Coloso de la fe victoriosa. A cien metros del suelo, girando sobre sí misma, ¿quién puede ocultarle un secreto? Desde que allí la pusieran los critianos, contentos de echar a los moros, más que el cura que confesara allí dentro, ¿no será ella quien realmente conozca la verdad que hay detrás de cada mentira? Es posible que estés aquí porque confiaste en ella, amigo, le contaste tu historia, le abriste tu corazón y ella abrió para ti las puertas del tiempo. Confiaste en tu ciudad, querías verla en su esencia pura... y aquí estás. Azufaifo llevaba razón, también yo confié como ahora confío en aquella historia. Y tú no puedes dejar de hacerlo, Coplero. Y no confías en ti si quieres parecer más hombre. Pues tú ya eres un hombre. No tienes que cambiar tu forma de actuar, tienes que ser tú y echarle un par de huevos a la vida. Porque si así es... ella te ayudará.


Y ahora, amigo... ahora te diré quién soy yo, por qué mi cara te suena y por qué estoy aquí.


CONTINUARÁ

PD: yo también estoy aquí porque tú sigues estando ahí, no se te olvide.
martes, 11 de mayo de 2010

Próximamente en los mejores cines

Y así es como yo haría el reparto de la peli del Coplero...

En el papel protagonista, con sus grandes ojos verdes y rizos desenfadados, mirada inocente y arte puro sevillano, Paco León. Perdido, desorientado, busca el porqué de su viaje al pasado a la vez que se encuentra a sí mismo.


Traído al mundo por una madre coraje, La Lunaritoh, interpretada en esta ocasión por la singular María Jiménez (aquí joven, ahora un poco más estropeada...).



Enamorado de la Aurori, verdulera de mirada penetrante y grandes pechos redondos. Morena, guapa, pero maldita por un embrujo gitano... en la piel de... Marta Torné, que desplaza a la anterior candidata, Penélope Cruz.



Calíope, mujerzuela de la noche sevillana, que no pudiendo servirle en cuestiones de carne, le tenderá su mano, le ofrecerá su hombro y ayudará al Coplero tanto como le sea posible. No podría ser otra que Paz Vega, de graciosa picaresca y con experiencia en este tipo de papeles.

Y la colaboración especial de Tony Leblanc, como Er Cigarra, amigo inseparable de la vida pasada-futura del Coplero, y Chus Lampreave como La Porrúa, dueña de la frutería de la calle Feria donde trabaja la joven Aurori.
















Ah, se me olvidaba! Y en el papel del Romancero... ¡ostras, no! ¡Ése aun no lo puedo desvelar!!
lunes, 10 de mayo de 2010

La giganta

¿Le conohco?

Ante estas palabras, salidas de las bocas de uno y otro al mismo tiempo, Coplero y Romancero se quedaron, como quien dice, pillaos. Aprovechando el momento, Calíope, que no se callaba ni debajo del agua, aprovechó, sin escatimar en detalles y yéndose por las ramas tanto como le venía en gana, para narrar y hasta escenificar toda la historia de nuestro amigo, desde el principio hasta este mismo punto en que ahora nos encontramos todos. Conforme iba revelando experiencias, la mueca del Romancero iba tomando el aspecto de más y más y más pillado. Tanto, que llegó un momento en que todo su cuerpo, de repente, se arqueó y formó una verdadera interrogación humana (sin punto).

"Calma, calma, angelito -le dijo a la puta con una voz firme a la par que melosa y seductora-, ¿me estás diciendo que este señor ha venido desde un tiempo futuro?"

"Lo sierto, mire uhté, que ése no eh er punto mah importante de la hihtoria, no sé si eh que no me ehplicao..."

El Romancero, sin creer lo que escuchaban sus oídos e ignorando la interrupción, siguió investigando con la mirada perdida en algún punto de la pared... "Y dices que una vez aquí ha encontrado su yo verdadero y se ha enamorado por fin de una joven que no corresponde a su amor y sobre la cual pesa una terrible maldición gitana que le impedirá amar a cualquier hombre?

Calíope, admirada por tanto detalle como había logrado retener el erudito, que normalmente hacía caso omiso a sus explicaciones, por una vez se quedó callada y con la boca abierta, asintiendo solamente con la cabeza.

"Una historia interesante la suya, Coplero. Lo cierto es que desde que la escuché había querido volver a encontrarlo... Sí, lo admito, en parte ya la conocía, ¿recuerda la otra noche en el bar? Cuando reconfortado por el calor del vino se animó y contó todo eso de que viene de otros tiempos y que no es homosexual!" -el Coplero hizo memoria... ciertamente, entre todos los hombres que rompieron a reír, hubo uno, uno al fondo de la barra que bebía solitario su copita de coñac, que permaneció sereno y sin quitarle la mirada-. Quise volver a encontrarle, amigo mío, porque sé cómo ayudarle... Más bien sé quién es la responsable de lo que le está ocurriendo y que es ella, sólo ella, la que podrá reencauzar su misteriosa historia. Mas tendrá que elegir, la joven o su vida pasada... quiero decir futura... Sólo una de las dos cosas le podrá proporcionar".

Ahora los interrogantes eran Coplero y Calíope. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde? y ¡¿Por qué?!

"No es un genio de la lámpara al que le pidáis deseos, no, no, no, nada de eso. ¡Es el Triunfo de la Fe! Y sólo cuando ésta verdaderamente triunfe en vuestros corazones... ¡sólo entonces os concederá el favor! ¡Es la giganta de Sevilla, tan valiente y fuerte como hecha de bronce, como dijera don Miguel...!"


CONTINUARÁ
jueves, 6 de mayo de 2010

Yo te ayudaré, Coplero, yo te ayudaré.

Con esas palabras dejamos a nuestro amigo dormido como un niño en los brazos de su nueva compañera de la bella voz. A la mañana siguiente, esta misma lo despertó con las palabras de "levanta, mi arma, que hay muchah cosah que hasé". Era la una del mediodía, nada más y nada menos. En la frutería, la Porrúa estaría maldiciendo por no haberse presentado, ¿lo habría echado la Aurori siquiera un poquito de menos? No lo sabrás por ahora, Coplero, Calíope tiene otros planes para ti y nada le importa que tengas que cargar pepinos.

"He ehtao yo pensando, Coplero, tú sólo tieneh doh problemah que resorvé: uno, dejá de paresé maricón y doh, deshasé la mardisión que pesa sobre la hembra que quiereh por parienta. Lo de vorvé ar futuro totá no lo cuento porque, digo yo, que si quiereh que la Aurori se enamore de ti, no querráh luego regresá a tuh tiempoh, que no? Bien, poh der primer punto me encargaré yo, que nadie mejón pa enseñarte cómo debe comportarse un güen macho que engatuse a las muhere. Empezaremoh mañana. Y der segundo... de ese creo que se puede ocupá mi güen amigo Er Romansero. Ya te hablé de él, sí, el que me salvó aquella vé que casi que ehtiro la pata, el sabio de letrah que me rebautisó con er nombre por el que ahora me conose tor mundo, ¡ese! Ea, poh vamoh a verlo".

Y con esas, los dos se pusieron rumbo a la calle Pavía, allí donde los antiguos lavaderos de la caridad habían sido reconvertidos en un bonito edificio de viviendas. Y cuando llegaron, no hizo falta ni siquiera que llamaran a la puerta, El Romancero los esperaba, como siempre, mirando por la mirilla.


¿Le conohco? se preguntaron el uno al otro casi al unísono.



CONTINUARÁ
miércoles, 14 de abril de 2010

El balcón

XIV

No, el Coplero no ha vuelto a desaparecer ni yo tampoco. Es sólo que llevaba un tiempo meditando cómo contaros este capítulo de su vida. Os recuerdo que lo dejamos esfumándose en la calle con una golfa para demostrarse a sí mismo que era un hombre y no una niña peluda... pero el desenlace ya os lo habréis imaginado, ¿o acaso alguien apostó por él?

La muchacha, que era guapa y muy resuelta pero con cierta tristeza en la mirada, lo condujo hasta la plaza de Molviedro, zona antiguamente frecuentada por prostitutas y demás desamparados. Al parecer, desde que al tal Molviedro le encargaron la reconstrucción del antiguo Compás de la Laguna, allá por el siglo XVIII, este lugar dejó de ser un apestado nido de miseria para convertirse en algo mejor. Sin embargo, al distinguido ingeniero se le pasaron por alto algunas de las entradas secretas a la mancebía, por lo que unas pocas fulanas lograron permanecer en la zona, buena para este tipo de negocios por el fácil acceso de marineros y emigrantes.



Su apartamento estaba al fondo y, cosas de la vida, a través del balcón de la alcoba, directamente desde el lecho, el Coplero divisaba la cruz levantada en medio de la plaza. Intentando besar a la experta, luchando inútilmente contra sus trapos que era incapaz de quitar, miraba de reojo por los cristales y bajo la luz de la luna veía la cruz, aquella cruz solitaria que le traía a la memoria las palabras de su madre cuando le cantaba aquello de con los bracitos en cruz y le aconsejaba después que no se fuera nunca a la cama más que con la mujer que amara, que luego si no iría dejando huerfanitos por el mundo y madres solteras como ella (aunque en realidad creyera que su hijo sería un sodomita) y estaban los tiempos muy duros. Lo que no estaba duro, hablando mal y pronto, era lo que tenía que estar. Tanto pensar, tanto pensar... que ni se enteró cuando la muchacha dejó la cama y se salió al balcón a encenderse un pitillo.

No les hizo falta aclarar nada. Él se fue a su lado, empezó a hablar y ella lo escuchó como sólo los que viven la noche saben escuchar. Le contó sus miedos, su amor por la Aurori, el extraño suceso que lo había llevado a donde estaba, le habló de su madre la Lunaritoh, del Cigarra, de cómo siempre se habían metido con él por tener un aire amanerado habiéndole llevado incluso a dudar de su tendencia sexual. Le habló de la maldición gitana que pesaba sobre su amada, que para él no tenía ningún sentido, salvo por lo que le había soltado de su carencia de fe, que era, según la Carmen, la clave para deshacerlo, y eso a él le preocupaba, pues la veía ardiendo en el infierno cual oveja descarriada y la simple idea lo hacía enloquecer. Por otra parte, ella le contó a él que cuando su familia se exilió en la guerra ella se negó a dejar España para estar eternamente suspirando por su tierra por lo que, siendo aun una niña, se buscó la vida como pudo por las calles de una ciudad triste. Pasó tanta hambre que una vez casi se muere, pero un hombre la encontró y se la llevó a su casa, donde le llenó el estómago y le salvó la vida. Ella le pagó cantando y, viendo lo bien que lo hacía, éste, que era un sabio de las letras, la llamó Calíope, nombre de musa de la mitología griega que significa "la de la bella voz". Por como estaba la vida, el hombre no pudo hacerse cargo de la pobre joven, pero siempre que podía, ella le hacía una visita y lo deleitaba cantando y él, que ahora era un viejo, siempre le decía, Calíope, mi niña, eres un ángel.

Y así se les pasó la noche. Y ya clareaba la mañana cuando los dos se quedaron dormidos sobre la cama y Calíope dijo soñolienta Yo te ayudaré, Coplero, yo te ayudaré.



Continuará
lunes, 29 de marzo de 2010

En una esquina cualquiera

XIII

"El día que nací yo
qué planeta reinaría,
por dondequiera que voy
que mala estrella me guía...
"

Así entonaba el Coplero de vuelta a casa, borracho perdido, cuando empezaba a anochecer. Había estado en una tasca llena de viejos verdes que le habían insultado y humillado por su apariencia amanerada y él, ni corto ni perezoso, con la lengua desatada por el vino, les había dicho que venía del futuro y que en la Sevilla del dos mil y pico los hombres hasta se podían casar entre ellos y que, aunque él no era homosexual, no le importaba parecerlo porque era como él era y punto pelota. Como supondréis, se rieron de él casi hasta orinarse encima. Aunque había un hombre al final de la barra, un señor callado con mirada interesante que bebía una copa de coñac, al que, no sabemos por qué, no le hacía tanta gracia.

Esa misma mañana había vuelto a hablar con la Aurorita después de más de una semana. Ésta le había contado lo que le pasó cuando fue a ver a los gitanos. Le contó lo de los mulos, lo de la hoguera y la fiesta y cómo de repente se congeló el tiempo y todo se quedó inmóvil menos la Carmen, que se apiadó de ella e intentó ayudarla, aunque lo único que le dijo fue que la clave para deshacer su maleficio estaba en la fe...

"En la fe, me dice, a mí, que me he criao en una familia de republicanoh ateoh que no creemoh mah que en er segundo que ehtamoh viviendo. Se pensaría esa que me iba a meté yo a monja pa que enamorarme ya no fuera un problema, amoh a vé que te parece... la fe..."

Ya casi estaba llegando a su casa cuando, de pronto, una voz dulce y angelical, pero coplera y gitana al mismo tiempo, la más bonita que el Coplero hubiera escuchado jamás, le tomó el relevo y siguió con la letra...

Estrella de plata,

la que más reluce,

¿Por qué me llevas por este calvario...
llenito de cruces?

El Coplero se detuvo. Una mujer bien escotada cantaba mirándole desde una esquina. ¿Ereh la gran Imperio Argentina? -articuló como pudo-. La ramera se echó a reir haciendo botar sus tentadoras tetas. "Qué más quisiera, hijo. Soy la que no tiene nombre, la que a nadie le interesa... pero soy la dama de la plaza de Molviedro, para servirle" .

Era obvio que aquella mujer de dama tenía más bien poco. ¿Pero -se preguntó el Coplero- por qué no aceptar sus servicios ya que se los había ofrecido? ¿Acaso no era él un hombre como le había dicho a los de la taberna? ¿Acaso no podía él cumplir como se merece y satisfacer sus necesidades, ya que la Aurori no lo quería? ¡¿Acaso no tenía derecho a saber lo que se siente al fundir su cuerpo con el de una hembra?! "Claro que sí, tú puedeh haserlo Coplero, al ataquerrr!". Y con esas palabras se autoconvenció y desapareció calle abajo con aquella fresca sin nombre, la perdición de los hombres, la que miente cuando besa... con esa.



CONTINUARÁ
sábado, 20 de marzo de 2010

Declaración


Un nuevo día daba comienzo en la Sevilla coplera. Apenas con los primeros rayos, el Coplero ya volvía de cumplir los encargos de la Porrúa del lugar donde los hortelanos descargaban sus carretas llenas de un tesoro verde y fresco con matices rojos y naranjas. Regresaba cargado a la humilde frutería de la calle Feria, donde la Aurori estaría ya dispuesta para abrir el puesto. Por el camino se iba acordando de aquellos jueves en los que solía pasar por dicha calle para ir a ver a su madre, La Lunaritoh, a la Macarena. Recordaba cómo disfrutaba del paseo viendo el mercadillo de reliquias, algunas de ellas para tirarlas, otras con encanto, muy pocas aun servibles para algo... Ahora todos esos objetos lucían en las casas con toda la naturalidad del mundo, aun nuevos y útiles, desconociendo que en un futuro, oxidados y llenos de polvo, serían expuestos bajo el sol asfixiante de Sevilla en el suelo de aquella misma calle.



Como cada mañana, la Aurori y el Coplero colocaban juntos fruta y hortaliza en los cajones de los estantes. Algunos los sacaban a la calle para atraer más al cliente, pero tenían que vigilar con suma atención, pues en los tiempos que corrían a cualquiera se le iba la mano para echarse una papa al bolsillo. Por aquello de su reencuentro con los gitanos, la Aurori estaba hoy más en la luna que nunca.

"Venga ya, Aurori, cómo no te vah a podé enamorá, deha ya de darle güertah muhé, que eso no puede sé, que tú ereh bien guapa y grasiosa", le decía el Coplero mientras reponía las peras, sin levantar la vista, con miedo de encontrarse con su mirada y empezar a atropellarse con las palabras. Ella apenas le escuchaba. "Coplero, te lo agradehco, pero tú ya sabeh que no, que eso no puede sé. Dehde que la gitana me echó er mal de oho soy otra muhé, no tengo ganah de ná, yo, que era lo máh alegre de mi casa, ahora no tengo ni hambre, no quiero salí de la cama, no puedo ni tarareá lah cansioneh de doña Concha mientrah pelo una patata..." Mientras, el Coplero piensa, "Tú sí que me quitah a mí el hambre, niña, que no puedo mah que pensá en esos'oho, en esa boca, to lah horah que tiene er día..." y a ella le dice en alto "Chiquilla, que no digah eso..."

"Ademáh -dice la Aurori-, de quién voy a enamorarme yo, si me paso ahquí to er día enclauhtrá, de ti?"

Y al fin, touché. El estómago se le hizo un nudo, se le doblaron las piernas y el cajón de fruta que acababa de coger fue a parar directo al suelo. Nerviosos, no fuese a aparecer por la puerta la Porrúa y presenciara el desastre, los dos se agacharon corriendo para poner todo en orden. Casualidades de la vida, ambos fueron a agarrar el mismo plátano... La mano callosa de nuestro amigo fue a rozar la mano pequeña y suave de la Aurorita y, sin soltar el plátano, ambos levantaron las cabezas, confluyendo sus miradas. "¿Por qué no?", dijo el Coplero.

El creyó que se moría... Ella que le daba algo... Los dos soltaron el plátano y siguieron recogiendo cada uno por su lado. Durante un rato ninguno medió palabra, hasta que la joven decidió romper el hielo.

"Yo creía que tú erah..."

"Pueh no..."

Y ahí quedó todo. Y en los siguientes días, todo fue esquivarse y contestar con evasivas. Y el Coplero, cada vez más triste, se iba consumiendo en vida, estaba ya en los huesos, recordaba al Cigarra, caminaba sin rumbo, se emborrachaba a menudo... y siempre cantando así:


domingo, 7 de marzo de 2010

La clave


Con el grito de la Aurori y algún que otro improperio que salió de su boca, los mulos se espantaron y no salieron corriendo porque estaban atados, que si no hubieran llegado de un salto a Almería. Semejante revolución detuvo la fiesta flamenca y, de repente, toda la comunidad gitana, formada por cuatro o cinco familias que se entremezclaban, abarcando desde el abuelo patriarca hasta el papa, la mama, los hijos, los tios, los primos y los churumbeles de todos ellos correteando descalzos por el albero lleno de boñigas frescas, se detuvieron como si se hubiera parado el tiempo para mirar el espectáculo que estaban formando la Aurori y las bestias.

No tardaron en reconocerla pero, antes de que nadie dijera nada, la Aurori se adelantó (con el pie caliente todavía) y armada de valor comenzó a revelar la razón por la que había caminado hasta allí. El genio y ese temperamento trianero que la habían impulsado a hacerlo se fueron desvaneciendo poco a poco y, sus palabras, que en principio eran rotundas y exigentes y que en ningún momento quiso ella que sonaran a súplica o desesperación, empezaron a temblar al brotar de su boca, volviéndose inseguras, penosas y tristes, dejando ver a la muchacha vulnerable y abatida en que se había convertido desde que la maldición gitana se posara sobre ella.

Nadie le hizo mucho caso, sin embargo. Nadie menos la vieja bruja pestilente, que la miraba con odio, y el vulgar cateto de su nieto, el causante del mal, cejijunto, cara de bobalicón. Aun así, no parecía que fuesen a tomar partido. Estaban callados, quietos, yo diría que inertes. Como dije antes, parecía que el tiempo se hubiera detenido, hasta las llamas estaban de repente estáticas, hasta los mulos, que tanto se alborotaron, uno se había quedado con la pata en alto y, cruzando el cielo nocturno, se veía a una lechuza con un ratón muerto en el pico que justo debía sobrevolar la escena cuando el tiempo se detuvo quedándose allí, ¡petrificada, desafiando a la gravedad!

La Aurori paró de hablar. El silencio era absoluto. Nadie se movía, nadie decía nada. Hasta que, levantándose del suelo, una figura que logró salir del trance cobró vida y se acercó hasta ella. Era la Carmen, Carmencita, la risueña bailaora que con tanta gracia se movía como le salía del alma mientras la otra espiaba tras de los mulos. Su cara ahora era de preocupación. "Tieneh que irte -le dijo deprisa- si no quiereh que mi agüela te eche ahora una mardisión mah gorda. Mi primo eh un pirandón* chalao y mi agüela una timujañí* mu poderosa que no eh pa tomársela a chihte. Sólo hay una forma de desasé er malefisio que pesa sobre tuh carneh..."


De pronto, los relojes volvieron a funcionar. Las llamas de nuevo bailaban, el mulo bajó la pata, la lechuza siguió su vuelo y las miradas de los calorros desprendían fuego abrasivo otra vez. De un empujón, la Carmen azuzó a la Aurori para que saliera corriendo de allí y no volviera jamás. Sus palabras reveladoras quedaron sepultadas bajo los gritos amenazantes de los demás gitanos y lo único que la Aurori pudo escuchar fue: "¡La fe, Aurorita, ahí ehtá la clave, en la fe!".

Y ya no pudo oír más nada, sólo corría y corría. Volvió la vista una vez solamente y pudo ver cómo sacudían enfadados a la Carmen mientras ésta se reía y lloraba a la vez...



¡CON-TI-NUA-RÁÁÁÁÁ!

*Notas:
-Pirandón: putero en lenguaje caló.
-Timujañí: bruja en lenguaje caló.
*Foto: Gitana, de Sorolla.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La fiesta gitana


También para la pobre Aurori habían pasado ya varias semanas desde la noche en que cayera sobre ella el terrible sortilegio que le impediría por siempre abrir su corazón a la llamada del amor. Desde entonces vivía a medias y actuaba como una autómata. De pronto reía, de pronto lloraba, de pronto se tiraba al suelo y pataleaba. Poco le importaba cuanto le dijera el Coplero e ignorarlo para ella era tan fácil como ignorar a una coliflor o a una lechuga. Ya nada le interesaba, todo le era indiferente. El ajo en las tostaítas, el buchito de aguardiente, el caminito a Triana, el murmurar de la gente, el olor de los membrillos, la sonrisa a los clientes... A la porra las rimas fáciles que adoraba antiguamente. Ahora sólo le importaba deshacer el maleficio. ¿Cómo -se preguntaba- cómo?

Y así estuvo la Aurori, con el nudo en la garganta y las lágrimas a flor de piel, hasta que una noche, como si su propia sombra se saliera de su cuerpo para darle un consejo en segunda persona, se dijo... "Hahta ahquí hah llegao, Aurora de mi corasón, de ehta noche no pasa que saqueh tu temperamento trianero y vayah a hablá con la tribu esa de mamarrachoh". Y así fue, dicho y hecho.

Conforme se acercaba a las calles donde vivían los gitanos, éstas se volvían más pobres y oscuras, más sucias e inmundas y se podía sentir los ojos de las ratas mirándote desde sus escondrijos. Ya olía a candelorio, ya se escuchaban las palmas, el taconeo y las voces rotas del cante jondo. Escondida detrás de unas mulas, Aurori contemplaba la fiesta gitana. Qué alegres se les veía, qué luz en sus caras tostadas, iluminadas por las llamas. Todos tocaban las palmas al son de la guitarra, acompañando a una gitana gorda que era la que cantaba. Y en el centro, bordeando la candela con sus brincos y vaivenes, la estrella, todo el jolgorio se orientaba hacia ella, la pasión corpórea, una joya en bruto, la pequeña Carmen*, capaz de moverse con más viveza que las propias llamas.



Pero, como supondréis, algo tendría que pasar, pues la Aurori no había llegado hasta aquí para nada. Así pues, un inoportuno acontecimiento vino a descubrir a la joven quien, ante el tremendo pastel de mierda recién hecha, calentita y apestosa, que le cayó justo encima del pie, procedente de una de las bestias que le servían de barrera, no pudo más que proferir un grito ensordecedor, presa de la repulsión. Se demostró así que la carne de burro no es transparente, pero la mierda de mulo es un arma fuerte...

CONTINUARÁ

*Nadie ha dicho que esa Carmen sea Carmen Amaya, eh! Simplemente es Carmen y el video la representa. Recomiendo encarecidamente verlo.
martes, 2 de marzo de 2010

Acoplándose

IX

Habían pasado ya tres o cuatro semanas desde aquel primer día en que el Coplero y la Aurori se conocieran, presos cada uno de sus propios infortunios. Poco a poco, nuestro amigo se fue acoplando (nunca mejor dicho) a la nueva (aunque antigua) Sevilla en que ahora vivía. Nunca llegó a revelar su nombre, así que todos lo llamaban, simplemente, Coplero.

Hizo éste una especie de trato con la jefa de la Aurori, de forma que Antoñita la Porrúa (que era como la llamaban) le pagaba unas pesetas por ayudar a cargar fruta y por desempeñar todo tipo de tareas que a ella se le antojasen necesarias. Para cualquier cosa que hiciera falta, allí estaba el Coplero, disponible 24 horas, lo que venía siendo un esclavo por cuatro perras y media. Las noches las pasaba en una pensión cutre y apestosa pero que, por lo menos, se situaba en pleno casco antiguo, haciendo esquina en Doña Guiomar, zona antes conocida como La Laguna de la Pajería*, y, sólo con eso, para él ya podía tener cucarachas 4x4, mosquitos con cinco aguijones o ratas-velocirraptor, que él estaba feliz.



Tal y como lo dejamos en el capítulo anterior, el Coplero seguía confuso. Es más, en el transcurso de estas semanas su confusión no había hecho más que aumentar de manera exponencial. Ocurre que el Coplero, que nunca tuvo una figura paterna, desde niño siempre estuvo harto de las mujeres que entraban y salían de su entorno, siempre cotilleando, hablando por los codos, cosiendo, bordando, probándose vestidos de lunares y volantes y soltando grititos estridentes que, aunque fuesen de alegría, servirían perfectamente para ambientar las escenas más terroríficas. Tal vez por esto, aunque inconscientemente y sin querer, el Coplero se comportara como una más de estas histéricas modistas, zurcidoras y mocitas sevillanas con las que pasaba horas y horas, ayudando él también de vez en cuando en la labor a lo largo de aquellas largas tardes en el taller de costura. Algo que ni siquiera Er Cigarra, su único amigo varón, pudo mitigar, pues, como ya dije en su día, er Cigarra era una auténtica maricona. Y, tal vez por esto también, creyera el Coplero que lo que quería poner en su vida era un hombre, pues, además, todos daban por hecho, por su actitud y comportamiento, que él pertenecía a la misma acera que su amigo.

Sin embargo, el Coplero, a sus 32 años, la edad de Jesucristo cuando Jesucristo tenía 32, jamás de los jamases había llegado a sentir las mariposas del amor, no habiendo podido comprobar así cuál era realmente su verdadera tendencia sexual. Es por esto, que nuestro amigo tuvo nada más y nada menos que viajar al pasado para darse cuenta de que, a pesar de lo que le habían hecho creer y a pesar de su amaneramiento, no, él no era homosexual.

¡CONTINUARÁ!

*N. del A.: toda aquella zona era conocida como Laguna de la Pajería por su tendencia a inundarse y formar lagunas y porque era donde se vendía la paja.
viernes, 26 de febrero de 2010

Maldición gitana

VIII

Más recuperados los dos, el uno de su estado de obnubilación y la otra de su crisis ansiosa, El Coplero y la Aurori se encontraban ahora en la recámara de la frutería, desayunando un repugnante café cuyo sabor se veía compensado por el de una exquisita torrija. Mientras la joven hablaba, nuestro amigo no podía salir de su asombro, ya ni se acordaba de esa pena suya por haber aparecido de pronto en un siglo que no le correspondía: la mirada de Aurori le tenía absorbido el seso.

"Por qué lloro, me preguntah... Lloro porque ehtoy mardita, porque sobre mih ehpardah pesa el embruho d'una bruha ghitana que namah quiere verme sufrí y llorá to'r día por un hombre que no quiero por marío. Por eso lloro, señó, por eso voy d'un lao a otro pegándome chocasoh contra la padereh, y me s'orvía ponehle la ramita de canela a lah torrijah y me trompieso con loh adoquineh de lah calleh y cruso sin mirá por er carrí burro y meto loh pinreleh en loh charco, señó, porque m'ha hechisao una ghitana mala queh quiere que me case con su nieto, qu'eh un loco calavera que no sabe tratá a lah muhere como se meresen, con mucho amó, mire úhte, con mucho amó y mucho rehpeto..."

Mientras tanto, El Coplero, perdido en la oscuridad infinita de aquellos ojos de mujer, apenas si se enteraba de lo que Aurori le estaba contando. Ahora sí que estaba confuso... La muchacha, conforme avanzaba en su relato, volvía a exaltarse. Sus lágrimas brotaban de nuevo más gordas y rabiosas, haciendo brillar más si cabe su ya atrayente mirada y su respiración se agitaba y hacía subir y bajar sus grandes pechos redondos, hipnotizando al Coplero...

"... Y como yo no lo quiero, como yo no quiero casarme con esa behtia por domá, la agüela, que eh una bruha ghitana que güele a meao porque no s'ha lavao en su vía, m'echó una mardisión ayer noche, aparesió asín de pronto, como bruha que eh, en mita d'un callehón, me trincó por loh peloh y, mirándome a los'oho me diho que si no me casaba con su nieto, nunca, nunca hamáh en la vía, me enamoraría de otro hombre. Ea, y desaparesió asín como vino, chan, y ya no ehtaba."

El Coplero iba a decirle que no se preocupara, que eso eran cuentos, que no era real, que se enamoraría y se casaría con un hombre bueno y merecedor de su cariño con el que tendría muchos niños guapos como ella y el único embrujo sería el de su querer... Pero ésta lo interrumpió diciendo... A to esto, ¿cómo se llama uhté, señó?


TO BE CONTINUED

*Dibujo: retrato del Coplero, cortesía del Gran Buda Dorado.
martes, 16 de febrero de 2010

El despertar

VII

Si Er Cigarra ha desaparecido, si el partido al que venía no es este, si el viejo de las pipas no es viejo, los canis ni siquiera existen y la gente es educada, los niños llevan pantalón corto aunque no sea verano, el sexo femenino brilla por su ausencia, y si, para rematar, me parece que lo veo todo un poco así como que en blanco y negro y con granito de película antigua... No puede ser otra cosa, ¡estoy por lo menos sesenta o setenta años atrás!

Y no se equivocaba. He aquí el misterio misterioso que envuelve la historia de nuestro amigo er Coplero en una bruma insondable que yo, por mucho que me devane los sesos, no soy capaz de atravesar para alcanzar a comprender lo que me cuenta este muchacho.

Como para no estar confundido, como os dije noches atrás. Dos días estuvo el pobre infeliz vagando desorientado sin saber qué hacer ni dónde ir, sin saber si realmente esto le estaría pasando o sería que se había vuelto loco de tanto soñar con la copla y con un mundo de peinetas y volantes y lunares y abanicos. O si tal vez todo se trataba un castigo divino por no haber valorado los tiempos felices en que vivía y haber deseado nacer en esa España reprimida de la que tantos pagarían por salir sin que fuera con los pies por delante.

Dos días y tres noches. Sin comer, sin dormir, sin hablar con nadie. Caminando, sólo caminando y, con la mirada perdida, tarareando de vez en cuando la letra de una coplilla... Embihte, toro bonito, embihte por cariaaá... Morí se me importa un pito, pueh nadie me iba a lloraá... Así hasta que al tercer albor que fue a vivir nuestro hombre perdido por el pasado, no me preguntéis en qué año porque sigo sin aclararme, se fue a topar con la Aurori, la frutera con la fruta más sabrosa de toda la comarca sevillana.

Mas no fue la imagen penosa de la pobre Aurori llorando en el escalón de la iglesia de San Andrés, a las siete y poco de la mañana, la que vino a despertar al Coplero de la modorrera con que ya se había acostumbrado a vivir. Tuvo ésta que levantar la cabeza y quitarse los rizos de la cara para que nuestro amigo viera sus ojos negros llorosos y saliera del coma profundo.


...Continuará...
domingo, 7 de febrero de 2010

El coplero vagabundo

VI

No sé por dónde empezar
, me dijo él cuando lo encontré y me digo yo ahora que, de una vez por todas, he decidido sentarme a intentar ordenar esta historia, que no tiene ni pies ni cabeza, porque os debo su continuación. Empezaré, pues, lo más parecido posible a como un buen día ya di comienzo:

Entonando coplillas por lo bajini, melancólico porque si no no sería él, nostálgico ahora de una época en que ya vivió, pero sintiéndose encajado por fin en la realidad espacio-temporal que le correspondía... er Coplero recorría las calles del centro de la ciudad sevillana en una noche tan lúgubre como lo fueran aquellas primeras de otoño en las que os empecé a contar.

Confundido. Confundido, sí, esa era la palabra clave para la entrada de hoy. Vagando cual mendigo, hambriento y desaseado, por las calles solitarias, nuestro amigo no podía parar de preguntarse cómo habría podido ocurrir. Recuerda que entró en el Ramón Sánchez-Pizjuán junto al singular Cigarra. Recuerda los empujones, la marabunta, el jaleo y lo que le pareció la luz cegadora de un foco que de repente le apuntase a la cara. Y fue abrir y cerrar los ojos y perder de vista a su fiel acompañante para siempre. Se le antojó que el partido no era el mismo que esperaba, pues los jugadores llevaban una equipación distinta y, además, ¿no se suponía que jugaba el Sevilla contra Depor? ¿Qué narices hacía allí el Real Betis Balompié? Pero lo que más lo desconcertó fue el viejo... El viejo de las pipas y las avellanas, el de siempre, el de la gorra y el canasto de mimbre, que sí, hombre, el de toda la vida, que además era amigo suyo porque de chico alguna vez lo ayudó en la feria a llevar el canasto cuando el pobre ya no podía más, porque ya entonces era viejo el tio! ¡Ése, sí, el que estás pensando! Que justo lo había visto a la entrada vendiéndole una bolsa de kikos a un niño... Bueno, ¡pues, que no era viejo!

Sin saber lo que estaba por venir, el Coplero, más solo que nunca, angustiado, llegó a pensar... Ay... Que no daría yo por empezar de nuevo.



CONTINUARÁ
jueves, 24 de diciembre de 2009

Misteriosa desaparición

V

No sé para qué me embarqué en esta aventura. A dos días de Navidad y con un tiempo de perros, quedo con El Coplero y me deja tirada, ¿lo véis normal? Buscando la manera de contactar con él, he dado con el teléfono de la pensión de mala muerte donde vive y, para mi sorpresa, la casera me dice que no le ven el pelo desde hace por lo menos dos semanas, vamos, casi desde que me reuní con él en aquel bar. Me da la dirección de La Lunaritoh en la Macarena, voy a verla, y me dice lo mismo, que hace no sé cuántos jueves que no pasa por allí. Al parecer, el último que lo vio fue Er Cigarra. Me cuenta que, en un intento de devolverlo al mundo en el que vivimos, pues El Coplero, cada vez más trastornado por sus obsesiones, cree que vive por lo menos cinco o seis décadas atrás, él mismo, Er Cigarra, le propuso salir de la Sevilla profunda y darse un paseito por el barrio de Nervión, con sus grandes avenidas, su centro comercial y, cómo no, su Ramón Sánchez-Pizjuán, estadio del Sevilla FC, equipo del que ambos son fieles seguidores. Para su suerte o desgracia, aquel día el Sevilla jugaba con no sé qué equipo me ha dicho, lo que entusiasmó a los dos amigos a esperar junto a la puerta para ver si, a pocos minutos de terminar el partido, abrían el campo al público y podían disfrutar así del final de la jugada.


Y así fue, abrieron las puertas y Er Cigarra y El Coplero, empujados por un grupo de bestias (también denominados canis) se vieron de pronto en el campo... pero cada uno por un lado. A día de hoy, todavía se están buscando...

Todo esto es muy extraño, no puedo parar de preguntarme qué narices habrá pasado! ...

¿Continuará?
sábado, 12 de diciembre de 2009

Autorizada a escribir

Continuación de entradas anteriores.
IV

En el ángulo más oscuro del bar más cutre de Sevilla, allí donde el aire es irrespirable, el suelo se pega a tus zapatos y los viejos con su chato miran raro a una señorita que bebe sola su cerveza, esperaba a mi cita. Pasaban ya veinte minutos de la hora acordada y yo empezaba a pensar que me habían dado plantón... pero, de pronto, su figura recta se dibujó en la puerta y, por el caracolillo que intuí en su sien, supe que era él, el auténtico y genuino, el protagonista de su propia historia, El Coplero.

No es guapo, pero tampoco feo. Tiene su punto con esa barba de tres días que me traía el otro día y esos ojos verde agua de pestañas largas caramelizadas. Mmm... puede ser atractivo a la vista de una mujer hasta que el pobre mío abre la boca y empieza a rezumar feminidad por los cuatro costaos.

Venía muy contento. Nada más sentarse me dijo que definitivamente me daba su permiso para escribir esta historia y que ya no tenía que seguir poniendo que me la estaba inventando ni que ya veríamos si la escribiría o no. Al parecer, con sólo tres entradas, ha sido suficiente para que la gente lo pare por la calle y lo reconozca, si viérais como estaba, parecía otro, nada que ver con aquel Coplero melancólico que me pidió un cigarro una noche cualquiera de jueves en El Salvador (y yo, como no tenía, le di conversación...)

Me contó que el otro día, mientras paseaba con Er Cigarra, una señora lo paró y le dijo: Niño, tú ere Er Coplero, no? Er der Cuarto Solitario? Ole, ole y ole tú y la mare que te parió. No te rindah, no ehtéh trihte tú, mi arma, ¡que la copla no ehtá muerta! ¡Ahí tieneh ar Falete, a la Diana Navarro, a la Pahtora Zolé! Guapo, que ereh mu guapo, ya ehtoy ancioza ehperando er prózimo capítulo de tu hihtoria. El Coplero no sabía mucho de estos artistas, algo había oído, pero como él seguía anclado en su pasado-presente, soñando con las más grandes de la peineta, no había echado mucha cuenta... ahora, me comentaba, le picaba la curiosidad por ese tal Falete y las otras dos.

Al parecer, Er Cigarra fue por ahí contando lo sucedido. Se lo contó al cuponero, al del kiosko de prensa, a las niñas del Polvillo, a las del Supersol, al aparca que se pone en el Prado, al negrito de los pañuelos, a los del Lipasam, al que siempre está tirado en un poyete de Santa Justa, a los de los churros de enfrente del Arco de la Macarena, a todo el que estaba en El Rinconcillo... ¡Yo qué sé! Se lo contó a to Cristo. Resultado: ¡ahora todos quieren mención especial en la historia! El uno porque una vez llevó al Coplero a casa borracho, el otro porque un día lo invitó a una copa... Y el pobre Coplero venía un poco preocupado. No te apures -le dije yo- cada cosa a su momento y, no lo olvides: esta es tu historia.

Ah, y la semana que viene te traigo algo de esos artistas en el mp3........

¿¿¿En el emer qué queeeeérrrrr???



El Coplero os manda un saludo ¡Hasta la próxima, amigos!
miércoles, 9 de diciembre de 2009

Er cigarra

III

Al final os vais a creer y todo que voy a escribir esta historia... nada más lejos de la realidad, son sólo divagaciones! Como os dije, si yo siguiera hablando del Coplero, no podría dejarme atrás a su amigo del alma. Nada tiene este que ver con el misterioso amigo que también tendrá su vestidito de flamenca, sino que se trata de un buen hombre que le saca por lo menos veinte años al Coplero, pero cuya amistad se remonta a los días en que éste aun no había hecho ni la Primera Comunión... memorable día, por cierto, que ya veremos si contaré.

Vivía por entonces El Coplero en el mismo piso macareno en que aun vive La Lunaritoh, y era Faustino er Cigarra su vecino más próximo, vamos, puerta con puerta. Como su propio apodo indica, Faustino no tenía otro quehacer que pasar las mañanas al sol dando paseos calle arriba, calle abajo, canturreando como la cigarra, pero más dichoso que ésta, pues sabía que a fin de mes le esperaba su paguita de prejubilado gracias a la hernia inoperable de su espalda que lo incapacitaba para seguir ejerciendo en el maravilloso mundo de la construcción... sin tener por qué aguantar las miradas de reproche de las hormigas obreras.

Los infortunios de La Lunaritoh con los hombres hicieron del Coplero un niño que creció sin padre conocido y tal vez fuera esto lo que le unió a su vecino Er Cigarra, aunque no por ello iba a ser éste, maruja loca típica andaluza, quien supliera la figura masculina que el niño necesitaba.

Los libros no eran el plato favorito de nuestro amigo El Coplero, que prefería escabullirse de la escuela sin que su madre lo supiera y pasarse la mañana paseando con Er Cigarra, que como tampoco tenía dos deos de frente, se lo consentía con tal de que le hiciera compañía. Así, vino a enseñarle éste las buenas costumbres sevillanas: los desayunos cerca de las once con su tostaíta jamón, la charla con el cuponero después de comprar su cuponcito, el vinito de las doce con sus arvellanah, las aceitunitas de las doce y media, la tapita de la una, la cervecita de la una y cuarto, la partidita de cartas, la corrida de las seis, entretanto cotilleos varios, sevillanas y fandangos, palmitas y taconeos...

Ay, pero no dejaba El Coplero en aquellos tiempos de sentir cierta pena por no conocer a su pare, y algunas noches lloraba desconsolado mientras su madre, con el corazón encogido y aguantándose las lágrimas para que su niño no la viera llorar, le cantaba así al oído..



¿Continuará?

PD: las canciones forman parte de la historia
sábado, 5 de diciembre de 2009

Con un traje de volantes y una enagua armidoná

Continuación de la entrada anterior.
II

Si algún día yo me decidiera a escribir la historia del Coplero, no creáis que lo dejaría solo. El susodicho, como cualquier hombre que se precie, tendría algún amigo de verdad, un compañero de alegrías y penas, de lunes al sol, de borracheras tontas, alguien con quien contar si le hiciera falta. Lo rodearía también de algunos personajillos característicos de esa vida callejera en que El Coplero se desenvuelve, tal vez, no sé, de un amor y, cómo no, tratándose de un artista del mundo de la peineta, tendría que nombrar a su madre.

Así, os contaría cómo los jueves, aprovechando para echar un ojo al mercadillo de la calle Feria y sentirse feliz entre las antigüedades polvorientas más cercanas a su realidad que los modernos maniquíes de las tiendas de la calle O'Donell, El Coplero acaba traspasando la frontera marcada por la Muralla para adentrarse en el barrio de la Macarena, donde vive Antonia La Lunaritoh, que es como la gente del mundillo farandulesco conoce a la madre de nuestro hombre. Será esta mujer una vieja enjuta pero alegre que lleva toda la vida cosiendo trajes de flamenca para las gitanas guapas de piel morena. Su mote se lo pusieron de joven porque cuando salía del taller de costura siempre decía: Ohú, hay que vé que sierro los oho y namáh que veo lunaritoh. Y de ahí, se le quedó.

Otra costumbre del Coplero en estos jueves en que visita a su madre es la de llorarle un rato para que le haga un traje de flamenca para la Feria que viene. Lleva el pobre desde chico detrás del maldito vestido, pero la mujer se niega. Antonia -le dice su hijo- hahme er favó, por Dió, cóseme de una ve er vehtío que yo baile ehte meh d'abrí contento con mi trahe de volanteh, mira que te muereh y no me lo hase. Y este año, es curioso, La Lunaritoh se ablanda y va y le dice: ¡Tamié tieneh rasón, jomio, que tú a mí el único dihuhto que mah dao eh salirme sarasón, pero luego hay que ve lo güeno que ereh, mi arma! Y con esto el Coplero le mete un achuchón que casi la mata, le da un beso de los que suenan y le dice sonriente: En veh de uno que sean doh, que te voy a trae a un amigo que se va a morí de la ilusión. Y su madre se resigna.


Contento y feliz y sintiéndose afortunado, El Coplero volvería a su mundo del centro ciudad, no sin antes detenerse en la basílica de la Esperanza Macarena para prometerle que, después de su madre, Ella será la primera en ver su traje de volantes y el de su misterioso amigo. Luego vuelve sobre sus pasos para pasar bajo el Arco, que le encanta, y así va callejeando para salir a la Alameda y pasar por la calle Amor de Dios, mientras va canturreando...


Muy posiblemente continúe...
jueves, 3 de diciembre de 2009

Noches de España

El Coplero. Capítulo I.

En las noches de luna y clavel...

...he estado divagando a cerca de un personaje que bien podría protagonizar una de mis ya olvidadas historias. Se trataría de un coplero amanerado (sí, la realidad me inspira bastante) que recorre en las lúgubres noches de otoño las céntricas calles de la ciudad sevillana entonando coplillas por lo bajini, melancólico, nostálgico de una época que le hubiera gustado vivir, sintiéndose fuera de la realidad, preso de unos tiempos que no son los suyos, atrapado, solo, incomprendido... Ataviado con mantoncillo flamenco y soñándose con peineta, va echándose los rizos hacia atrás con un gesto muy a lo Jurado. Deambula por Sierpes, Velázquez, Tetuán, la Campana, a veces se adentra en Santa Cruz y rara vez pasa de la Puerta Osario, por un lado, o de Reyes Católicos, por otro.

La gente lo señala, lo apunta con el dedo... pero a él le importa un bledo. No es esa su canción, mas sí su situación. Lo llaman Er Coplero.

Su canción favorita sería Triniá y, lejos del tumulto matutino del domingo, en la soledad nocturna de la Plaza del Museo, El Coplero la interpreta cualquier día de entre semana bajo la mirada pétrea de Murillo.

Pobrecillo El Coplero, no entiende de Internet, de coches, de ropa de última moda... no sabe ni que estamos en el siglo XXI. Todavía utiliza walkman y en él escucha a veces sus cassettes de las más grandes, Estrellita Castro, la Piquer, Lola Flores y el Caracol, la Jurado, Charo Reina, Marifé... y a veces se pone algo de Camarón.


Puede que continúe... también puede que no.
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