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martes, 9 de diciembre de 2008

Malas noticias. LvhST.

No sabéis cómo me siento. La rabia me corroe y no puedo hacer nada. Tengo una mala noticia para vosotros, y es que tengo que dejar de escribir sobre la Señorita Tulp. Tal y como se han puesto las cosas en el panorama mundial, ahora mismo sería peligrosísimo que en un medio como este se cuente la verdad sobre su historia. Los malos la persiguen, quieren acabar con ella mientras se oculta no sabemos dónde, pero eso sí, su actividad contra la injusticia y la avaricia que está desequilibrando el mundo más y más, no ha cesado.

En algunos lugares su cara ya ondea en banderas que jóvenes pasean con fervor por las calles de sus ciudades. ¿Cómo no la habéis visto entonces? os preguntaréis. Es posible que a vuestra ciudad no hayan llegado aun... y en los medios de comunicación nunca encontraréis nada. Está totalmente prohibido. Lo prohíbe el gonbierno de los gobiernos. Lo prohíben los hombres antifaz. Ellos se han apoderado de todo. Han ido convirtiendo el mundo poco a poco en una fábrica de tristeza donde la única cultura, la única religión, el único sentimiento existente se llama tener.

Es muy arriesgado escribir esto aquí, pero mi conciencia me dice que lo haga. A mí no me van a callar. Estas palabras quedarán aquí para siempre, mas si no puedo seguir con esta historia es porque así les sería demasiado fácil localizarme. Y tenemos que protegernos, nosotros, los que estamos con ella, los que queremos que la humanidad siga conservando su dignidad, tenemos que andarnos con mucho cuidado porque ellos están por todas partes.

Algunos dicen que los han visto, pero lo cierto es que, más que verlos, la mayoría percibimos su presencia cuando notas cómo se te congela el alma. Te sientes paralizado, tus ojos ya no miran, tu boca ya no ríe y toda la expresión que puede transmitir una cara se borra de un plumazo como el viento borra una huella en la arena. Cuando los tenemos cerca, todos somos antifaz.
...
sábado, 6 de diciembre de 2008

El desayuno. LvhST-V.

Capítulo V. El desayuno.

La Señorita Tulp entró confusa y desorientada en la cafetería sin saber ni por dónde caminaba, sumida por completo en sus pensamientos, replegada sobre su alma sin echar cuenta al mundo que intentaba despertar a su alrededor en torno a una taza de café. De pronto, una cara diferente a todas las demás allí presentes, una cara que desentonaba por su expresión de alegría, de estar feliz aunque fueran las ocho de la mañana y un largo día de trabajo quedara aun por delante, la sacó de su ensimismamiento.
Sentada al fondo de la sala, bajo las verdes hojas de una maceta que colgaba del techo al más puro estilo andaluz, Miss Candy Candy le estaba regalando una sonrisa chocolatada de las que sólo ella sabe conceder. Era imposible mantenerse impasible... la Señorita Tulp no tuvo más remedio que reírse. Sin embargo, nadie más pareció darse cuenta de tan graciosa situación, ninguna de las demás personas que estaban allí con la mente puesta en sus quehaceres rutinarios fue capaz de olvidar por un momento sus problemas y dedicar una sonrisa a la mañana. La Señorita Tulp fue consciente de ello, pero tampoco se alarmó, pues lo que necesitaba en ese momento era centrar toda su atención en aquella persona que parecía que al fin iba a librarla de esa tristeza vital que últimamente la invadía. No recordaba haber conocido antes a esta joven singular, sin embargo, algo en su interior le parecía que la echaba mucho de menos... eran los restos de una Clarividencias mortecina que aún palpitaba débilmente resignándose a salir a la luz por haber comprendido que ahora era el turno la Señorita Tulp, la versión más completa y estable de sí misma.
A los pocos minutos, las dos ya se congratulaban como si fueran amigas de toda la vida. A la Señorita Tulp se le olvidó ese sentimiento de soledad que no la dejaba pensar en otra cosa, mientras Miss Candy Candy le contaba las historias de cuando metía la cabeza en la lavadora para gritar a pleno pulmón, insonorizando así toda su rabia contenida; de los concursos de pedos; de las posturas de decorticación y descerebración con algún chupito de más; de la noche en que besó a un sapo que resultó ser algo más que un príncipe encantado...
Tantas cosas, tantas historias eran las que podía contarle Miss Candy Candy para amenizar cada día, minuto, hora y segundo de su vida... Pero de pronto, algo le ocurrió a aquella joven de mirada dulce de grandes ojos azules, pues dejó a la Señorita Tulp sola dando carcajadas en medio de la cafetería y salió pitando dirección a los servicios de la planta baja del edificio de al lado. Lo siento, tengo una urgencia... me cago! Y con esas palabras desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Fue entonces, cuando se quedó sola, ya feliz, con una sonrisa plena en los labios, cuando miró a su alrededor y se dio cuenta de la expresión de las caras que la rodeaban. Hombres de mirada cansada y triste. Jóvenes que llegaban arrastrando los pies y las ojeras para pedir un café solo que los mantuviera despiertos. Mujeres que lanzaban al aire miradas de odio porque otros se les adelantaban en la cola, haciéndoles perder más tiempo del necesario para ese momento improductivo del día.
miércoles, 3 de diciembre de 2008

Sentimientos Nuevos (LvhST-IV).

La verdadera historia de la Señorita Tulp (LvhST para abreviar).

Capítulo IV. Sentimientos nuevos.

Tras la desaparición definitiva de Clarividencias, la Señorita Tulp empezó a sentirse sola. Ahora sabía lo que sentía cualquier ser humano normal (quiero decir, sin desdoblamiento de su personalidad). Se sentía atrapada en un cuerpo en el que estaba sola y desde el cual miles de millones de billones de partículas de aire la separaban de aquel que estaba hablándole a medio metro. Hiciera lo que hiciese, por mucho que quisiera, nunca podría sentirse tan cerca de otro como lo había estado de Clarividencias. Pues ellas compartían el mismo alma, sin embargo, ahora sabía que el cuerpo (y no el alma) es lo único que se puede compartir con cualquier ser externo a tu propio yo en un intento por pasar a formar parte de él y que esto, además, en grado máximo, sólo puede lograrse con ciertas personas y de forma instantánea. Y esto no la consolaba en absoluto.
Sé que me estoy yendo por las ramas sin contar los verdaderos planes de la Señorita Tulp pues, como suponéis, ella vino al mundo para algo más que para ser mi amiga, no pensaréis que una transformación así se da todos los días y sin finalidad alguna. No creo que haga falta que diga que todo sucede por alguna razón. Sin embargo, con ese estado distímico depresivo, nuestra reciente amiga era incapaz de emprender su difícil Misión.
Todo esto cambió cuando conoció a la primera amiga que Clarividencias hizo al empezar sus estudios superiores, la que le había ayudado tantas veces a sonreír cuando, como la Señorita Tulp ahora, pasaba por un mal momento. Ella era... ¿no os la había nombrado antes? ¿Cómo se me ha podido pasar?! La única, la inigualable... la escatológica Miss Candy Candy.
sábado, 29 de noviembre de 2008

La verdadera historia de la Señorita Tulp. III

Capítulo III. El cuaderno de la Señorita Tulp.

Yo empecé a ser yo cuando aprendí a observar lo invisible. Qué ávido lector que se precie no se ha topado alguna vez con las palabras sutiles de Antoine de Saint-Exupéry que, en boca de un zorro ya domesticado, rezaban así “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”. Cuando yo las descubrí, su mensaje hizo una profunda mella en mi corazón humano y caló más y más hondo a medida que las iba digiriendo en mi cabeza. Como si se hubieran transformado en nutritiva glucosa para mis células, cada una de sus letras pasó a mi sangre y viajó por todo mi cuerpo, dejando una impronta principitesca por todos y cada uno de mis órganos y demás estructuras de mi anatomía.
Las consecuencias fueron totalmente inesperadas. No fue algo súbito, si no que ocurrió poco a poco, sin que nos diéramos cuenta. Digo “nos diéramos” porque desde aquel momento, nuestra personalidad empezó a sufrir un desdoblamiento, una división. Y la que antes sólo era Clarividencias, ahora, sin saberlo, también me llevaba dentro a mí. Ella no puede ser consciente pues, cuando mi temperamento aflora con todo su esplendor, el de Clarividencias se camufla, desparece… y pierde la conciencia de sí misma. Porque ya no es ella, si no que es yo... quiero decir... que soy yo. Ha pasado poco más de un mes desde que empezó el fenómeno de la transformación y de Clarividencias ya no queda apenas nada.
Obviamente no fui yo la que empezó con todo esto de “observar lo invisible”, puesto que aun ni siquiera existía. Fue Clarividencias quien, muy inteligentemente, se dio cuenta de las barreras casi impenetrables que, desde que nacemos, van poniendo delante de nuestros ojos para que no veamos las cosas como son, para engañarnos, para ofrecernos una realidad alterada, un “Show de Truman”, un “Matrix”, en definitiva, una mentira como una catedral de grande. Por eso, como bien dedujo Saint-Exupéry quizás ya mucho antes de escribir “El Principito”, la única forma posible de ver la realidad tal y como es, es con el corazón.
Al principio yo me preguntaba el por qué de esta transformación. ¿Por qué Clarividencias no puede seguir siendo Clarividencias y santas pascuas? ¿Por qué de pronto entro yo en escena sin comerlo ni beberlo? Y poco a poco fui hallando dentro mí la respuesta a mi propia pregunta. Clarividencias no podía seguir siendo ella porque le faltaba capacidad de actuación. Le faltaba ese pequeño empujoncito que a todos a veces nos hace falta, el paso que hay que dar para tomar la iniciativa. Y por eso, sí, por eso surgí yo, la Señorita Tulp.

Cuando acabé de leer miré a la muchacha que tenía delante y ya no sabía ni quién era. ¿Era mi amiga de siempre o era mi nueva amistad? Tampoco veía si sus ojos estaban tristes o alegres. Su cara era una mezcla de derrota y satisfacción, de salud y enfermedad. Finalmente, cogió el cuaderno de mis manos, me dio un beso en la mejilla y se marchó diciendo tan sólo "Quería que lo supieras".
Nunca más la volví a ver.

Continuará???
jueves, 27 de noviembre de 2008

La verdadera historia... II

Capítulo II. La confesión.

Nos sentamos al calor del braserito y, reconfortándonos con una deliciosa infusión de hierbas aromáticas de los campos frexnenses, Clarividencias empezó a contarme aquel secreto que la estaba consumiendo por dentro.

Creerás que estoy loca, pero es urgente que le cuente a alguien lo que me está pasando... lo que me va a pasar. No me hagas preguntas, no te las hagas a ti misma. Simplemente creéme.
Hace meses que me están ocurriendo cosas muy extrañas. No consigo dormir y, cuando lo hago, me despierto sin recordar nada de lo que he hecho antes de irme a la cama. Las lagunas de mi memoria cada vez son más grandes y, es más, nadie sabe decirme qué he hecho o dónde he estado justo en ese espacio de tiempo que no logro recordar. Me pesa el cuerpo, me siento cansada y, poco a poco, he ido sintiendo como si una extraña fuerza, un impulso espiritual, otra persona con un alma más firme y poderosa que la mía, se apoderase de mí. Cada vez que me despertaba después de uno de mis largos periodos de amnesia lacunar, notaba su presencia con más intensidad y cómo ésta se iba adueñando de mi vida sin que yo pudiera hacer nada. Miraba a mi alrededor y veía mis cosas cambiadas de sitio, mi armario lleno de ropa que desconocía, mis libros desordenados y mis fotos iban desapareciendo como si se las tragara la tierra.
Al principio, sospeché que se tratara de alguien que entraba en mi casa, me sedaba con algún tipo de hipnótico y jugaba a ser yo hasta que a mí se me pasaban los efectos del potente somnífero. Me había decidido a poner una cámara en mi cuarto las 24 horas del día, pero, por desgracia, me caí de la escalera de mano intentando fijar un cable al techo de la habitación (siento haberte contado que me caí en la ducha...). Como sabes, me lesioné la muñeca derecha y estuve casi dos semanas medianamente imposibilitada, pues soy diestra. Fue durante ese periodo en que no podía utilizar mi mano derecha y yo creía que tampoco me valía de nada la izquierda cuando al fin me di cuenta de lo que estaba pasando.
Me ocurría con frecuencia que, tras despertar sin saber qué había pasado ni dónde había estado horas o incluso días atrás, encontraba papeles escritos con notas, apuntes, relatos, ideas perfecctamente razonadas y redactadas... y con mi propia letra. Pero un tanto peculiar. Yo notaba una inclinación distinta, como si las palabras se postraran queriendo besar la línea horizontal del renglón.

Era la letra de mi mano izquierda, idéntica, calcada a la letra que ahora hacía al no poder utilizar la derecha. Pero yo era diestra, ni zurda ni ambidiestra, no, diestra. Nunca había podido escribir con la otra mano. ¿Por qué ahora sí?


Continuarááá...!!!
martes, 25 de noviembre de 2008

La verdadera historia de la Señorita Tulp. I

Capítulo I.

Yo no contaría esta historia si no estuviera autorizada para hacerlo. Y créanme que lo estoy, es más, casi me veo en la obligación. La razón es muy sencilla y es que la protagonista de la misma es una amiga de confianza. Amiga que un día me desveló un gran secreto... y es que no era una, sino dos. Sí, sí, habéis entendido bien, he querido decir que realmente no es que fuera sólo una persona, sino que eran dos, es decir, que esta historia, como cualquiera, no tiene sólo una protagonista... sino DOS! Bueno, dos... en UNA! Un poco lioso, lo sé, mas no os alarméis, todo se irá aclarando.

La Señorita Tulp llegó una fría mañana de invierno. Nadie la conocía. En ningún lugar. Era como un recién nacido, un nuevo ser. Pero hecha ya una mujer. Obviamente, yo tampoco sabía nada de ella, ni quién era, ni por qué apareció en mi vida con sus extrañas ideas... pero tardé sólo unos segundos en darme cuenta de que era un genio. No un genio de lámpara de pie ni de mesilla de noche, no, un genio genial, una persona sabia, astuta, rebosante de cosas buenas. Tenía justo lo que el mundo necesitaba en los tiempos que corrían... y eso era PELIGROSO. Ella tenía inteligencia, capacidad de actuación y bondad. También carisma y esa chispa que engancha al expectador. Empática, defensora de las causas justas, muy amiga de sus amigos... y con más enemigos de los que debería.
Pero remontémonos tiempo atrás. Antes de que la Señorita Tulp apareciera en mi vida, mi compañera de camino, mi amiga de confianza, Clarividencias, compartía conmigo todos los momentos que su ajetreada vida le permitía. Echábamos buenos ratos, con Buda, con Charada... y siempre nos divertíamos, aunque estuviésemos estudiando en la biblioteca. Nos conocimos en primero, cuando empezamos a estudiar en la Universidad. Y yo sabía bien cómo era, la conocía... o eso creía. Clarividencias siempre había sido un poco rara, por qué no decirlo, diferente a la mayoría, una persona excepcional. Era alegre y risueña y en sus ojos siempre brillaba una chispa de ilusión por todo lo que se traía entre manos. Pero de pronto, algo debió cambiar en su vida. Pasaban largos periodos de tiempo sin que apareciera por clase y, cuando lo hacía, venía cambiada, pálida y triste, sin la chispa en la mirada. Parecía que llevaba días sin dormir, qué digo días, semanas! Yo le hablaba sin parar de lo que habíamos dado en su ausencia, le contaba anécdotas y fiestas que se había perdido y, sobre todo, le hablaba mucho de la Señorita Tulp. Estaba deseando presentársela pero, curiosamente, siempre que Clarividencias aparecía por clase, faltaba la Señorita Tulp. Yo sabía que se iban a caer bien... eran muy parecidas!

Sin embargo, no sabía la sorpresa que me estaba esperando a la vuelta de la esquina. Algunos meses más tarde, Clarividencias vino muy preocupada a hablar conmigo. "Tengo que contarte algo. Es un secreto. Un secreto muy importante". Yo no sabía qué decirle, así que me quedé callada y, simplemente, la escuché.


To be continued!!
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