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jueves, 20 de noviembre de 2008

El roce hace el cariño... 2ª parte

...y podría enfriarse la silla mientras tanto... ¡enfriarse la silla! No, eso sí que no...

De este modo, el joven Luisito descartó la posibilidad de pegar a su amigo (porque ya podría decirse que le había tomado cariño) en un libro, fuese de la asignatura que fuese. Así que, mantuvo su postura con el puño cerrado y el dedo índice estirado, algo similar a la estatua de la libertad o al que está esperando que le caiga un donut (que nunca cae, por cierto). Siguió pensando unos segundos y... "¿Qué tal si lo pego debajo de la silla?", se dijo. La verdad es que no era una mala idea (es lo que hace todo el mundo) pero le asaltaba la duda de que algún día tuvieran que coger la silla para ponerla en otra habitación, o para hacer limpieza, o para mudarse de casa... ¡qué más da para qué!, el problema era que alguien diese la vuelta a la silla y se encontrara allí con el maldito moco pegado en forma de sonrisa burlona que se mofa de todo aquel que lo mira con cara de asco.
Recordó algo que había visto hacer a algunos y que no estaría mal aplicar al caso. Consisitía en pegarse el moco en la suela del zapato y esperar a que este se separara de ti cuando él quisiera, libremente, sin coacciones. Claro que esto sí que no le hacía ni puñeterísima gracia. Eso de llevar su propio moco (aunque ahora que digo propio, siempre sería mejor que llevar el moco ajeno) pegado a la suela de esos deportivos que tanto le gustan, que son de marca (oh, qué guay!) y que casi le cuesta donar un riñón para poder comprarlos (aunque en realidad se los pagara su madre, pero y el esfuerzo que le costó convencerla!) no le daba muy buenas vibraciones, la verdad. Y menos allí, en su cuarto, que igual podría dejar el moco a la entrada de la habitación, bajando las escaleras o en la puerta de la cocina. Y tampoco era plan de salir a la calle con el dedo tieso y una vez fuera pegárselo para dejarlo en los adoquines por los que a veces hasta había andado descalzo.
Luis estaba tan sumido en los pensamientos de encontrar una solución eficaz y cómoda para deshacerse de la maldita sustancia pegajosa que ya se le estaba incrustando al dedo que no se dio ni cuenta de que su mdre había abierto la puerta del dormitorio y entraba para traerle la merienda.
En dos segundos, nuestro amigo bajó de la nube. Sintió pasos a su espalda que se acercaban y... ¿qué hiciste, oh, probe mentecato?! Tenía tras él a su adorable mamá, aproximándose lentamente con un plato de deliciosas magdalenas y un vaso de leche... ¿Qué fuiste a hacer insensato?!!

Sin darse cuenta, como guiado por un instinto animal, sacó disimuladamente la punta de la lengua y, sin pensarlo, con un movimiento rápido, zas!

¡Se chupó el dedo!

¡¡Se tragó el moco!!

-Buenas tardes, Luisito, aquí tienes la merienda.
-Gracias mamá.

Aquella fue, sin duda, la merienda más completa de Luisito, de quien te puedo asegurar que, a partir de ahora, no se lo pensará dos veces a la hora de pegar el moco debajo de la silla!
martes, 18 de noviembre de 2008

El roce hace el cariño y no me quiero separar de ti (dicho por un moco)

Os dejo aquí unas palabras que la Almendra de hace unos años publicó en la revista del instituto, causando un gran revuelo en la sala de profesores... xD

Era una tarde de frío, aunque el sol brillaba con toda su fuerza en el cielo azul. A Luis no le apetecía en absoluto hacer los ejercicios para el día siguiente, pero sabía que tenía que estar al menos unas dos horas dentro de aquel cuarto para que su madre pensara que estaba estudiando. Llevaba ya casi una allí metido, sentado en la incómoda silla junto a la mesa redonda de la esquina de la habitación. La falda de camilla le llegaba hasta el cuello y había puesto la papelera en el rincón para poner los pies encima y estar así más cómodo.
Tan grande era su aburrimiento que se sintió tremendamente feliz al encontrar la distracción de hurgarse en la nariz. Introdujo con cuidado el dedo índice y... voilà! he ahí un pequeño moco verde no muy duro, mejor dicho, demasiado blando. Era un moco difícil de manejar. Apenas lo hubo extraído de la oscura cueva en que éste llevaba a cabo su función protectora, cuando ya se le perdía entre los dedos índice y corazón.
Intentaba hacer con él, ayudándose del pulgar, un pequeño proyectil para lanzar después por la ventana, pero le era imposible. Podríamos decir incluso, que era un "moco rebelde, muy suyo". Luis paró de mover los dedos por un momento e intentó buscar otra solución. Estaba allí, sentado con los pies sobre la papelera de plástico, casi hundida ya por la fuerza que ejercían las piernas, mirando fijo el dichoso moco que, al parecer, no quería separarse de él. Desvió su mirada un momento y buscó por la mesa algún inservible papelucho donde poder envolver aquella sustancia verde, elástica y pegajosa (y repugnante, por cierto), pero lo único que había encima era el libro de biología, un estuche lleno de firmas de colegas y un flexo con una bombilla azul y tres o cuatro mosquitos volando alrededor.
Miró pensativo la forma en que estaba abierto el libro: el tema que estudiaba (la célula) pertenecía casi a la mitad del grueso tomo. Todo lo anterior ya estaba dado; era el bloque de geología. Luis odiaba la geología. Montañas, rocas, ríos y glaciares le habían hecho suspender la pasada evaluación. Con la mano izquierda (la mano libre, por decirlo de alguna manera), volvió páginas atrás. Páginas subrayadas que le daba un poco de pena destrozar pegando un horrible moco color polo de lima-limón. Pero ¿qué iba a hacer si no? Llevaba ya casi un cuarto de hora con el dedo tieso y se le estaba quedando petrificado en el aire! Pensó en el libro de lengua: la unidad de los sintagmas. Sí, esa sí que la odiaba tanto como para pegar en ella una docena de repugnantes mocos color polo de lima-limón. Pero tendría que levantarse si quería coger el libro de lengua. No, eso no estaba a su alcance, si se levantaba, al sentarse no recordaría la postura que tenía, no sabría qué pierna estaba sobre cual o dónde apoyaba el codo derecho... Le llevaría otro rato acomodarse y podría enfriarse la silla mientras tanto... ¡enfriarse la silla! No, eso sí que no.

[...]


Sí queréis saber cómo acaba la historia tendréis que esperar a la próxima entrada!

PD: no déis ideas, que le quitáis la emoción :PPP
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