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viernes, 24 de julio de 2009

Y colorín colorado...

Las aventuras del ladrón de bragas,
cuentos de amor y desesperación.

Final

Bajo las miradas atónitas de todos los que en ese momento habitaban la terraza, una voz susurró... No es un pájaro, no es un avión, es... una mujer volando... con unos calzoncillos en la cabeza?! Efectivamente! Más impactante pues que el hecho de que la joven se les acercara planeando a pesar del contrapeso ejercido por unos enormes pechos, fue desde luego que su rostro y su cabeza estuvieran cubiertos por unos ajustados slips rojo pasión, dejando al descubierto tan sólo unos grandes ojos azules y permitiendo que una larga melena rubio platino sobresaliera a la altura de la nuca para envolver su figura a la vez que ondeaba con el viento de la manera más sexy que pudiera hacerlo.

La claridad de la mañana otorgaba ese cierto toque mágico de los momentos extremos del día. En el ambiente flotaba un intenso olor a pan recién hecho que casi servía de desayuno y los primeros rayos de sol comenzaron tímidos a iluminar la extraña escena final de la historia de nuestro amigo Francisco.

Creo que esto ya lo he dicho más veces... pero de verdad, nadie se creía lo que estaba pasando! Francisco, flipando en colores y sonriendo bajo las bragas turquesa, vio el cielo abierto. No sabía quién sería aquella mujer ni por qué, al igual que él, tenía su cara cubierta por una prenda de ropa íntima del sexo opuesto. Sólo sabía que venía a salvarlo. Lo intuía, podía sentirlo... Y justo entonces, la rubia de semblante oculto pasó por su lado, lo agarró firmemente del brazo con una fuerza impropia para una mujer de su naturaleza, y en una breve sacudida, Francisco estaba bajo su cuerpo, con un cinturón de seguridad que lo ataba firmemente a ella, proporcionándole el mayor sentimiento de seguridad, equilibrio y sosiego que había experimentado en su vida. Por un momento, todo esto le recordó el chocante sinsabor que sentía en aquellos tiempos en que chateaba con alguien cuya foto de perfil brillaba por su ausencia... Pero la delicia de esos pechos turgentes contra su espalda, indicativa de que no eran falsos, le tranquilizaba cual chupete a un bebé llorón.

Lejos quedaban ya las vecinas gritonas del viejo bloque. Estaban fuera de peligro, felices, contentos, dichosos, sobrevolando la ciudad cuerpo con cuerpo, sin saber apenas nada el uno del otro... Yo soy la ladrona de calzoncillos..., le dijo ella al oído en un susurro. Y los dos se descubrieron el rostro y aterrizaron en el tejado del edificio más alto de la ciudad para fundirse en un beso apasionado mientras el sol terminaba de salir allá por unas montañas de fuego. ...Ve bajándote los pantalones...


FIN
martes, 14 de julio de 2009

Aromas de libertad

Las aventuras del ladrón de bragas

XII

Ya. Sé que creéis que me he olvidado de que dejé al pobre Francisco, el ladrón de bragas de aquel barrio sin nombre, a punto de despeñarse desde una azotea mientras un grupo de mujeres borrachas reclamaba que desvelara su identidad oculta bajo unas bragas turquesa de la talla XS. Pues os equivocábais! No me he olvidado de él. Es más, recuerdo perfectamente cómo se quedó la cosa. Estaba el pobre miserable al borde del precipicio mientras la guarra de la Clara, haciendo honor a su nombre, le plantaba las cosas, valga la redundancia, claras. Angustiado por la encerrona de la que ya no tenía escapatoria, parece que un rayo de luz matinal vino a iluminar su suerte, por aquello de "y entonces apareció él". Pero perdón, ¿dije él? ¡Quise decir ella! Bueno, un lapsus lo tiene cualquiera...

Ajeno a esa Salvadora de cuya existencia nosotros ya somos conocedores, Francisco seguía embotado bajo el 100% algodón, viendo cómo todos los momentos de su vida desfilaban ante sus ojos. En cuestión de milisegundos recordó el chiste de aquel hombre que se subía a la torre del pueblo y, mientras todos sus vecinos le miraban asustados desde abajo, él amenazaba con tirarse... y gritaba ¡Qué me tiro, qué me tiro, qué me tiro un peooo! Y a la velocidad de la luz, su cerebro enlazaba esto mismo con aquella canción que un día le llevó el viento, La canción del pedo libre, cuya letra nunca jamás nadie podrá volver a escuchar por ser una coplilla totalmente improvisada en la que se hablaba de un pedo que al ser liberado viajaba a su albedrío por el mundo, desde las Españas hasta la Conchinchina, disfrutando de los rincones más hermosos de la Madre Naturaleza, lejos del mundo de los hombres con cuyos aires contaminados no se mezclaría jamás. Articulando lo uno con lo otro, se imaginaba sobre aquél poyete amenazando con tirarse, con tirarse un pedo, un pedo libertario que desearía salir de su prisión con tantas ganas, que al hacerlo lo propulsara hacia el infinito sacándolo del enredo con aquellas vecinas cabreadas y liberándolo así también a él para siempre, que ahora podría volar por el mundo a su antojo.

Llegados a este punto, con un poco de retraso respecto a sus espectadoras las vecinas y a todos vosotros, los lectores de esta historia interminable, al fin Francisco levantó la vista y pudo ver la figura despampanante de una rubia que se acercaba, para sorpresa de todos, volando y con una capa! De película...

CONTINUARÁ

MUAHAHAHAHAAAAA

domingo, 21 de junio de 2009

Al borde del ataque y del precipicio

Las aventuras del ladrón de bragas

XI

Madre del amor hermoso... voy flechao a la terraza! Ayyyy, ay Virgencita del Corcho dime qué hago yo ahora, échame un cable celestial o un cacho corcho volador, lo que sea, pero por Dios, un milagro, un milagritooo!

Mientras corría escaleras arriba, Francisco se juraba no volver a robar unas bragas en su puñetera vida. Pero no creáis que subiendo peldaños fue como peor lo pasó, no, no, no. Lo peor fue llegar a la azotea y al fin ver que no tenía escapatoria. Tenía a todas las salvajes a punto de alcanzarlo, mostrando la satisfacción de ver por fin a la presa acorralada. En los ojos de Francisco, sin embargo, se adivinaba la congoja y el llanto contenido, fruto de una mezcla de culpa y miedo que lo tenían bloqueado hasta el instante.

No le quedaba más remedio que reaccionar, pero fue instinto, no fue premeditado, y por fin alzó la voz. ¡Alto! ¡Todas quietas o me tiro! De pie en el poyo de la terraza, Francisco amenazaba con hacer una demostración de caída libre si alguna daba un paso más. Su voz sonaba sorda por el efecto de las bragas, que de tanto sudar ya las llevaba pegaditas a la cara. Cómo son los hombres que a la vez que sentía el peligro inminente, a Francisco se le pasó más de una guarrerida española por la cabeza...

Con un 44 sobresaliendo de los límites del poyete, la imagen del vulgar ladronzuelo resultaba un poco patética. Para poder respirar tenía que despegarse las bragas de la nariz y, para más inri, con el divino antifaz atravesándole la cara, prácticamente perdía la capacidad de visión binocular, con la mortal pérdida de equilibrio correspondiente... pero esta vez no me apetece matar al prota, que ya con Marcial tuvimos sangre suficiente... así que digamos que Francisco logró mantener la compostura como buenamente pudo.

Cuando ya todos habían llegado a creer que el jucio por el ladrón de bragas se podía dar por concluido porque total, tampoco querían que una muerte pesara sobre sus espaldas por un calentón de nada que le hubiera dado al pobre hombre, la famosa Clara, que nunca se daba por satisfecha si no daba ella la nota en la reunión, exclamó: A ver si te piensas que después de robarnos toda la colección del woman secret te vas a ir de rositas, chaval, no te lo crees ni tú. O te quitas mis sucias bragas de la cara... o te juro que te tiro yo misma, desgraciao!!

Las primeras luces de la aurora iban despertando a la ciudad. Ya pasaban algunos coches y las ventanas de los más madrugadores se iluminaban también. Si esto se prolongaba mucho tiempo se iba montar un espectáculo digno de la sobremesa de tele5. Francisco ya no sabía qué narices hacer para salir del embrollo... y fue entonces cuando apareció él.

CONTINUARÁ

sábado, 13 de junio de 2009

La huída

Las aventuras del ladrón de bragas.

X

Fueron los peores segundos de su vida. Francisco no podía creerse que lo estuvieran pillando in fraganti. Bajo su cuerpo, el tendedero y, bajo este, un grupo de mujeres embriagadas que se encontraban durmiendo la mona hasta su llegada, lanzaba gritos de victoria al aire. Pero, por fortuna para uno y por desgracia para otras, los gritos no fueron lo único que salió disparado al viento, pues de las coloridas y delicadas prendas, hubo una, quizás la más pequeña, que también quisó de un salto volar y tocar las estrellas. Sin embargo, no llegó tan alto y, cual fue la suerte del pobrecillo Francisco, que como si de un paracaídas se tratase, las diminutas bragas fueron a colarse en su cabeza ocultando su identidad.

Todo esto que yo os cuento, es una verdad como un templo, no creais que me lo invento! ¿Acaso en vuestros barrios no hay un ladrón de bragas? ¿Tan increíble os suena? Pues esperad, esperad a lo que viene ahora...

Bajo el 100% algodón de unas braguitas turquesa, Francisco daba gracias al cielo por darle esta oportunidad... pero lo cierto es que no había tiempo para agradecimientos, hechas unas fieras, las vecinas del viejo bloque de aquel barrio cualquiera se empujaban unas a otras para lograr levantarse, ya sin pintura, con los pelos revueltos, con ojeras... Sin pensarlo dos veces, Francisco salió a correr, pero ¡ay! pobre, las bestias humanas cuya ropa interior había estado usurpando tapaban la única salida a las escaleras que bajaban a la calle... no le quedaba más remedio que tomar la otra dirección del pasillo y subir escaleras. Si lo hubiera pensado antes, hubiera optado por tirarse por el balcón, total, ahora que aun estaba en el primero... pero no, guiado por el instinto que hace a la presa huir del depredador corriendo tan rápido como pueda, Francisco echó a correr escaleras arriba.

De verdad, esta escena era para haberla grabado... no creo que pueda contarlo. Sólo imaginad a un hombre con unas bragas turquesa en la cabeza con sólo los ojos al descubierto, encabezando un regimiento de mujeres rabiosas y medio borrachas, subiendo escaleras como posesos, unos detrás de otros hasta llegar a la última planta... la terraza.

CONTINUARÁ

jueves, 4 de junio de 2009

Los 100 metros lisos y el salto en longitud

Las aventuras del ladrón de bragas

IX

Mientras se dirigía a la puerta, Francisco se paró a pensar si tal vez esta historia no estaba empezando a resultar aburrida... Incluso se planteó rehabilitarse en el acto, volver a tirarse en el sofá y poner punto y final a este cuento sinsentido de ladrones de bragas y vecinas borrachas. Porque... ¿cómo va a terminar este cuento?, se preguntaba el infeliz. Supongo que vosotros os preguntaréis lo mismo... no os sintáis desdichados, yo también me lo cuestiono. Es lo que tiene publicar sobre la marcha... como la vida misma, señores, uno se levanta, sale a la calle y empieza a vivir un día más, sin saber qué va a pasar, sin saber cómo ni cuando la historia llegará a su fin... Párate un momento........ Respira hondo......... Cierra los ojos, hazme caso, ciérralos y cuenta tres....... 3........2.........1..........¡ESTÁS VIVIENDO EL PRESENTE! .... Y ni tú ni yo sabemos lo que va a pasar a continuación. Dejemos pues que nos lo diga el tiempo...

Efectivamente, sucede que este no sólo es tu presente, sino también el presente de Francisco, es decir, contando, contando, leyendo, leyendo, hemos llegado al momento actual, al mismísimo momento en que Francisco se dispone a abrir la puerta de su casa para salir al pasillo y volver a caer en la maldita tentación enfermiza que le amarga cada minuto de su existencia.

El aire fresquito le abofetea la cara... qué placer. Allí, al fondo, el tendedero común de las vecinas del 1º está más lleno de bragas que nunca. Las hay de todos los colores, de todos los tamaños, de todas las texturas y modelos. Francisco no puede más, está fibrilando, al borde de la parada cardíaca, se le salen los ojos, se le tensan los músculos... por no hablaros de otras reacciones fisiológicas que está experimentando su cuerpo! Desde la otra punta, el pasillo se le hace eterno, así que se dispone a correr, correr y, como si fuera una fiera, cuando ya no le queda ni un metro, se lanza de un salto felino y se abalanza contra el tendedero y sus bragas, agarrando entre sus manos las más suaves y hermosas de toda la colección.

Francisco se piensa estar en el cielo, cuando de pronto alguien clama... ¡Lo tedemo, lo tedemoo, hemog gogido al ladgón!

Continuará...

lunes, 1 de junio de 2009

La decisión

Cuentos de amor y desesperación

VIII

Francisco llevaba toda la noche en su casa dándole vueltas al asunto. Desde que salió de la consulta del Dr. Azufaifo no pudo pensar en otra cosa, había salido corriendo como un vulgar cobarde y, lo peor, le había prometido que no lo volvería a hacer. Pero cómo iba a no hacerlo más, si precisamente ahora estaba más enganchado que nunca. Esos colores, esa textura, ese misterio que encierran las bragas de las mujeres lo volvían loco. Lo que empezó como el manifiesto declarado de su odio hacia las féminas, al llegar la adolescencia se acabó convirtiendo en su debilidad. Coleccionaba las bragas, las enlazaba, las plastificaba... las adoraba. Francisco guardó todo esto en secreto hasta que su madre lo descubrió y fue entonces, y no antes, cuando por primera vez pisó la consulta del doctor.

Tirado en el sofá mirando el techo, Francisco sólo podía imaginarse rompiendo la maldita promesa. Llevaba así cinco o seis horas... y ya estaba harto. Tenía que salir a la caza de unas lindas y delicadas bragas. Desde muy temprano había sentido un ajetreo constante por el bloque, pasos arriba y abajo, risas, grititos e incluso algún golpe violento. Pero ahora al fin parecía que todos dormían, el silencio reinaba de nuevo como en las noches de sus más jugosas cacerías.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La guardia

Las aventuras del ladrón de bragas...

VII

Hacía tiempo que las mujeres de aquel bloque no salían una noche a divertirse fuera de casa. Tal vez os las imaginaseis agobiadas, con los ojos inyectados en rabia, deseosas de capturar al ladrón... ellas también creyeron que así sería. Sin embargo, conforme pasaba el día, cada vez estaban más entusiasmadas con la cita que daría comienzo nada más ponerse el sol. Algunos maridos inútiles (el clásico) reclamaban la cena en la mesa antes de que su mujer se fuera; los niños, cosa rara, pedían a gritos ayuda para hacer los deberes y hasta el perro sintió la falta de atención por parte de aquella que, por norma, llevaba las riendas de la casa.

De las ventanas de los cuartos de baño emanaban olores dulzones, a perfumes de esos que se regalan un año por Reyes y duran para toda la vida. Divertidos canturreos se fundían con el sonido de las aguas cayendo de las duchas. Coloretes, pintalabios, maquillajes... volaban aquí y allá y se los intercambiaban unas con otras... si hasta Trini, la vieja del 2º, se puso los rulos! ¿Creíais que saldrían en bata?

Y al fin llegó la hora señalada, se repartieron las plantas y tras grandes macetas y tendederos de ropa abarrotados de delicadas bragas que servirían de cebo para apresar al bandido, se ocultaron por parejas para llevar a cabo su misión. Al principio ninguna quiso participar en el espléndido botellón cedido por cortesía del supermercado Clara... pero pronto se rindieron a los pies de la botella. La discreción se acabó. Muertas de risa, cuando no una, otra, subían y bajaban escaleras agarradas del brazo, tambaleándose, dando traspiés... para acabar todas finalmente apoyadas en la baranda del 1º, bebiendo y riendo como ya no recordaban haber hecho en sus vidas, ocultas detrás del tendedero de Conchita, cuyas bragas tenían el tamaño perfecto para taparlas a todas.

domingo, 24 de mayo de 2009

Recuerdos

Cuentos de amor y desesperación

VI

Por dónde empezar, se preguntaba Francisco. Tumbado sobre el cuero pegajoso del diván, le tranquilizaba la idea de que el Dr. Azufaifo siempre esperaba en silencio hasta que él se decidiera a hablar. Había pasado una semana terrible, lleno de remordimiento y de angustia, sin ser capaz de dar el paso para volver al lugar donde ya en su más tierna infancia tuvo que ser tratado por el Dr. Azufaifo, el psiquiatra más loco de la ciudad. Ahora, sin embargo, se alegraba de haber ido. Al fin y al cabo, el doctor era una persona de confianza con quien se sentía seguro y, en cierto modo, inocente.

Cerró los ojos y empezó a viajar en su memoria hasta donde hacía mucho que no llegaba... El patio del colegio se dibujó en su mente, los columpios, la fuente, las pistas, las canastas, los demás niños...

Solista: ¡Jaaaaa! ¿Habéis visto a Paquito? ¡Qué pedazo de maricaa, lleva bragas como si fuera una niñaa!

Coro: ¡Jaaaaa, Francisco es mariquiiita, Francisco es mariquiiita!

Y era cierto (que llevaba bragas, no que fuera gay). Hubo un tiempo en que la famlia de Francisco tuvo que hacer algunos sacrificios por verse sin un real en los bolsillos y fue entonces cuando a Francisco, el octavo después de siete hermanas, hembras todas, le tocó heredar las bragas de las mismas en lugar de unos tristes calzoncillos que tampoco le hubieran costado mucho a su mamá... pero así estaban las cosas! Cuando los demás niños se enteraron... bueno, ya os lo podéis imaginar. Aquello fue traumático para el diminuto Paquito, que sólo contaba ocho años, y fue entonces cuando empezó su cruzada anti-bragas que le llevó incluso hasta el diván de un psiquiatra.

Avergonzado de sus propios recuerdos, la calma que había sentido al principio desapareció, de nuevo sintió calores, sequedad de boca y flojera de punto, y las orejas se le pusieron rojas como tomates. No pudo soportarlo. Se levantó de inmediato y, sin mirar al doctor a los ojos, dijo:
- No lo volveré a hacer, se lo prometo.

Y, con las mismas, se fue.

viernes, 22 de mayo de 2009

El Dr. Azufaifo

...Cuentos de amor y desesperación

V

Habían pasado más de veinte años y el chirrido de la puerta de la consulta no había variado en absoluto. Tampoco el olor a rancio de la estancia ni los cuadros ni el diván de cuero negro. No podía decirse lo mismo del doctor. El que fuera un hombre robusto de cabello negro y fuerte, empezaba a convertirse en un viejo enjuto y cano de manos deformes.

Cuando el psiquiatra abrió la puerta (con su correspondiente chirrido), una mirada entre alegre y compasiva cayó sobre los ojos de Francisco.
-¡Francisquito, hijo, eres tú? ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo tú por aquí? Será sólo una visita, que el temita de las bragas ya lo dejamos zanjado, ¿no es así? ...

Nunca un paciente curado volvía a poner los pies sobre el lugar donde tuvo que luchar contra la enfermedad, a menos que fuera una emergencia. Azufaifo lo sabía perfectamente... por eso lo invitó a pasar y, más aun, a tumbarse en su diván.

Si en algo no había cambiado el Dr. Azufaifo era en sus pequeñas manías, pues, el ser un psiquiatra de reconocido prestigio no le eximía de padecer un trastorno obsesivo-compulsivo con cierto aire paranoide que nunca logró superar. Como de costumbre, cerró la puerta y procedió a su ritual de seguridad: tiró varias veces del picaporte para comprobar que había cerrado bien, revisó las cuatro esquinas del techo, los bordes de los cuadros, se asomó por la ventana y miró debajo de mesas y sillas.

-Nos vigilan- añadió bajito.- Bueno, ahora que estamos tú y yo solos... Cuéntame.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Operación Paraíso

Las aventuras del ladrón de bragas...

IV

- ¡Seguro que las bragas las tiene todas escondidas tu marido, que lo sabe todo el mundo, que es un golfo pervertido y tú más que se lo consientes! ¡Sinvergüenzas!
- ¿Mi marido pervertido? Pero si el vicioso es el tuyo, que se mete cada dos por tres en la zona X del videoclub y se toca allí mismo, vamos, que lo he visto yo con estos dos ojos que me ha dao Dios! Serás.....
- ¡Oooorden! ¡Haya paz!
......

Así comenzaba la asamblea de vecinos que, por orden de las mujeres del bloque, se había convocado en el parque de detrás del edificio (pues nadie ofreció su piso para celebrarla por temor a meter al caco en su propia casa).
Cada víctima tenía en mente a un posible ladrón. Clara, al cieguito de los cupones, que según ella de ciego no tenía nada porque bien que se le iban los ojos detrás de los culos de las mozas cuando pasaban por delante suya. Maripili, al marido de Conchi, que siempre le miraba las tetas y Conchi al novio de Maripili, que le constaba que era un degenerado... Y así, todas culpaban a alguien basándose en sospechas infundadas. Los hombres, mientras tanto, se reían y hacían chistes del asunto.

Nadie reparó, sin embargo, en la ausencia del vecino nuevo, el rarito del 1º B al que casi nunca veían por el barrio. A ninguno se le ocurrió que fuera este el responsable de lo que ya empezaba a conocerse como la llamada OP (Operación Paraíso), que es como los machos del lugar decidieron bautizar a tan curioso movimiento, presos de sus más ardientes fantasías.

-¡Esta noche! ¡Haremos guardia esta noche y lo cogeremos con las manos en la masa! ¡He dicho!
Y así fue como la mujer del presidente de la comunidad, Violeta, tomó la palabra finalmente y decidió hacerse cargo del asunto. Esta misma noche, entre todas, harían guardia de sol a sol.

miércoles, 13 de mayo de 2009

La espera

...Cuentos de Amor y desesperación

III

Nervioso y confundido, Francisco se encontraba de nuevo en la sala de espera de la consulta de su psiquiatra. Le sudaban las manos, tenía la boca seca y le estaba entrando un terrible apretón. Hacía años que no pisaba ese lugar frío y siniestro, lleno de miradas desquiciadas y que sólo le traía malos recuerdos. Nada más poner un pie en aquella sala pudo volver a sentir la sensación de vacío, de tristeza y desconsuelo que le embargó durante meses y meses de terapia. No fue fácil, nadie dijo que lo fuera, pero al final logró salir; superó su trauma, su pequeño handicap de locura y por fin pudo alejarse de aquel lugar... pero tampoco dijo nadie que fuera para siempre. Y allí volvía a encontrarse, perdido y atemorizado por su recaída, sentado junto a un perturbado que se olfateaba el dedo con cara de repugnancia.

martes, 12 de mayo de 2009

¡Reunión urgente!

Las aventuras del ladrón de bragas

II

Al final de la semana, todas las que habían dicho "Normal, no va perder la Clara las bragas, con lo guarra que es" (algunas lo remataban con un "guarrrrrrrra pero guarrrrrrrra"), se tuvieron que tragar sus palabras. A Jessi le faltaba su tanga rojo de la última Nochevieja; a Mari Pili las bragas de corazones que encerraban un love, love, love...; y a Conchi, para alegría de su marido, sus gigantescas bragas color carne de "cuello vuelto".

Todas ellas y unas cuantas más eran vecinas en un bloque de pisos viejos y tristes de un barrio cualquiera de la ciudad y todas y cada una tendían la ropa en los pasillos que daban a la calle a modo de balcón. Al final de la semana, ninguna se había librado de perder alguna que otra prenda de su colección interior... Había que convocar una reunión de la comunidad urgentemente!

sábado, 9 de mayo de 2009

Las aventuras del ladrón de bragas. Cuentos de amor y desesperación.

I

Cuando Clara se dispuso a coger del tendedero su última adquisición en lencería fina, unas braguitas negras suaves como la seda que sólo había llevado puestas una vez y que este sábado noche quería repetir porque al parecer le dieron suerte... cual fue su sorpresa al descubrir que no estaban. Las buscó por toda la casa, por los cajones, en el cesto de la ropa sucia, debajo de la cama, detrás del bidé, en el fondo de la lavadora, incluso en el sofá y hasta hizo un escrutinio en profundidad del árbol situado enfrente de su balcón. Ni rastro. Las bragas negras de la suerte habían desaparecido.

CONTINUARÁ...
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