Cuentos de amor y desesperación
VI
Por dónde empezar, se preguntaba Francisco. Tumbado sobre el cuero pegajoso del diván, le tranquilizaba la idea de que el Dr. Azufaifo siempre esperaba en silencio hasta que él se decidiera a hablar. Había pasado una semana terrible, lleno de remordimiento y de angustia, sin ser capaz de dar el paso para volver al lugar donde ya en su más tierna infancia tuvo que ser tratado por el Dr. Azufaifo, el psiquiatra más loco de la ciudad. Ahora, sin embargo, se alegraba de haber ido. Al fin y al cabo, el doctor era una persona de confianza con quien se sentía seguro y, en cierto modo, inocente.
Cerró los ojos y empezó a viajar en su memoria hasta donde hacía mucho que no llegaba... El patio del colegio se dibujó en su mente, los columpios, la fuente, las pistas, las canastas, los demás niños...
Solista: ¡Jaaaaa! ¿Habéis visto a Paquito? ¡Qué pedazo de maricaa, lleva bragas como si fuera una niñaa!
Coro: ¡Jaaaaa, Francisco es mariquiiita, Francisco es mariquiiita!
Y era cierto (que llevaba bragas, no que fuera gay). Hubo un tiempo en que la famlia de Francisco tuvo que hacer algunos sacrificios por verse sin un real en los bolsillos y fue entonces cuando a Francisco, el octavo después de siete hermanas, hembras todas, le tocó heredar las bragas de las mismas en lugar de unos tristes calzoncillos que tampoco le hubieran costado mucho a su mamá... pero así estaban las cosas! Cuando los demás niños se enteraron... bueno, ya os lo podéis imaginar. Aquello fue traumático para el diminuto Paquito, que sólo contaba ocho años, y fue entonces cuando empezó su cruzada anti-bragas que le llevó incluso hasta el diván de un psiquiatra.
Avergonzado de sus propios recuerdos, la calma que había sentido al principio desapareció, de nuevo sintió calores, sequedad de boca y flojera de punto, y las orejas se le pusieron rojas como tomates. No pudo soportarlo. Se levantó de inmediato y, sin mirar al doctor a los ojos, dijo:
- No lo volveré a hacer, se lo prometo.
Y, con las mismas, se fue.
