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miércoles, 28 de enero de 2009

La libreta de citas

Hace dos años, un día cualquiera de nuestro tercer curso de carrera, fuimos a la copistería pirata/ilegal/clandestina o como queráis llamar, aquella en la que nos dejan fotocopiar libros enteros por un módico precio (si esto lo lee la policía o la temida sgae... ¡esta es una más de esas historietas mías!). No sé qué libro iríamos a comprar, tal vez el Murray para estudiar micro, el Laso, para Patología General, o quién sabe si fuimos a por un Pera que creíamos que nos salvaría el pellejo en aquella cirugía básica tan mal explicada en las clases por un gnomo barrigón.

Aquel día, sea cual fuere, nos enamoramos de unas libretitas cuadradas y superpequeñas que estaban expuestas en el mostrador. Me parece que no valían mas de 30 céntimos, no era así? Porque yo me compré tres! La cosa es que la Señorita Tulp, no recuerdo si también Candy Candy, y yo, no pudimos resistirnos y nos las compramos. Y decidimos destinarlas a escribir en ellas citas, frases bonitas, profundas, en definitiva, cualquier pensamiento que nos gustara.

Hoy me he encontrado esa libreta mía y he disfrutado releyendo aquellas frases, algunas escritas en clase, otras en el autobus y otras aquí en mi casa y he querido compartir algunas con vosotros. Dejo sólo cinco porque si pongo muchas no hacen efecto! Otro día pondré más.

"Bienaventurados los que se ríen de sí mismos, porque siempre tendrán un motivo para sonreír"

"El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada" (Bécquer)

"Si puedes soñarlo, puedes hacerlo" (Walt Disney)

"Una vez muerto, estás preparado para la vida" (Jimi Hendrix)

"Every thingh should be made as simple as possible, but not simplier" (Albert Einstein)

jueves, 15 de enero de 2009

Lectura.

Ojeando una carpeta de hace mil años en la que guardo todavía lecturas de cuando iba a la escuela, he encontrado una que siempre me ha conmovido. He buscado sin éxito su procedencia en Internet, así que tendremos que leerla sin saber quién la escribió. Os dejo con la historia de Carlos...

Carlos es un niño de diez años. Ha visto como muchos proveedores de su padre traen facturas y su padre les da dinero.
A él se le ocurre pasar la suya y a la hora de la comida, la madre se encuentra con esta factura sobre su plato:

"Mamá debe a su hijo Carlos":
-Por varios recados: diez pesetas.
-Por ir con ella de compras: quince pesetas.
-Por sus buenos modales: veinte pesetas.
-Por haber sido bueno: cinto pesetas.
Total: Cincuenta pesetas.
Firmado: Carlos."

Por la noche, Carlos encontró las cincuenta pesetas sobre su plato y una factura de su madre que decía:
"Carlos debe a su mamá:
-Por más de cien noches sin dormir junto a él: nada.
-Por diez años de atenciones, inquietudes, alimentos, sufrimientos de todo género... nada.
-Por diez años felices pasados en su casa: nada.
-Por vestirle, educarle... Nada.
Total: Nada.

Cuando Carlos vio la factura, se puso rojo, quedó un momento confuso y echó los brazos al cuello de su madre, diciendo: "Toma el dinero. Una madre no debe nunca nada a su hijo".
sábado, 27 de diciembre de 2008

EL JUEZ DE LOS ABRAZOS

Lee Shapiro es un juez retirado y también una persona amable y cariñosa. En un momento de su carrera, se dio cuenta de que el Amor es el poder más grande que hay. Como resultado de ese descubrimiento se convirtió a la religión del abrazo: empezó a dar abrazos a todo el mundo y comenzaron a llamarlo “el juez de los abrazos”.
Lee inventó lo que él llama su “Equipo de abrazar”, lleno de corazoncitos rojos bordados con un adhesivo al dorso. Lee saca su “Equipo de abrazar”, se acerca a la gente y le ofrece un corazoncito a cambio de un abrazo.
Gracias a esta práctica ha llegado a ser tan conocido que con frecuencia lo invitan a conferencias y convenciones donde puede compartir su mensaje de amor incondicional. En una conferencia que se realizó en San Francisco, los medios de comunicación locales le plantearon el siguiente reto: “Es fácil dar abrazos en esta conferencia dirigida a personas que han venido aquí porque han querido, pero eso sería imposible en el mundo real”. Y lo desafiaron a que empezara a dar abrazos por las calles de San Francisco, seguido por un equipo de televisión de la emisora local.
Así, salieron a la calle y en poco rato Lee ya había abrazado a una señora que se le cruzó, a una muchacha con cara de disgusto porque estaba poniendo una multa e incluso a un conductor de autobús que, según dicen, son de la gente más dura, descortés y mezquina de San Francisco. Los del equipo de televisión no salían de su asombro.
Un día, una amiga llamó a su puerta. Nancy, payaso de profesión, iba vestida con su disfraz de trabajo, maquillada y con nariz postiza. Le invitó a coger su Equipo de abrazar y acompañarla al hogar de incapacitados.
Allí, Lee se sentía incómodo: nunca había abrazado a nadie que tuviera una enfermedad Terminal que padeciera graves disfunciones físicas o mentales. Aquello era excesivo para dos personas. Pero pasado un rato se fue formando un cortejo de médicos, enfermeras y ayudantes que los seguían de un pabellón a otro.
Llegaron al último pabellón donde se alojaban los casos más graves. La sensación lo descorazonó; pero, dado su compromiso de compartir su amor para conseguir un cambio, Nancy y Lee empezaron a abrirse paso por la habitación, seguidos por el séquito de médicos y enfermeras, que por aquel entonces ya llevaban corazones colgados al cuello y lucían sombreros de carnaval.
Finalmente, Lee llegó a la última persona, Leonard, que llevaba un gran babero blanco sobre el que babeaba incesantemente. Lee miró a Leonard, que no dejaba de babear, y se paralizó preguntándose si realmente era posible llegar a una persona en ese estado. Nancy lo animó. Así, le puso un sombrero de mil colores en la cabeza, sacó uno de sus corazoncitos y lo pegó en el babero de Leonard. Tras hacer una inspiración profunda, se inclinó para abrazarlo.
Súbitamente, Leonard empezó a emitir un chillido.
Otros pacientes empezaron a golpear cacharros. Lee se volvió hacia el personal de la sala, en busca de alguna explicación, y se encontró con que todos los presentes, médicos, enfermeras y auxiliares, estaban llorando. “¿Qué es lo que pasa?”, preguntó. Lee jamás olvidará la respuesta: “En 23 años, es la primera vez que hemos visto sonreír a Leonard”.
Así de sencillo es cambiar en algo la vida de una persona.

Del libro “Sopa de pollo para el alma”,
de Jack Canfield y Mark Victor Hansen.

Después de esto, ¿no te apetece dar un abrazo?
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