miércoles, 3 de diciembre de 2008

Sentimientos Nuevos (LvhST-IV).

La verdadera historia de la Señorita Tulp (LvhST para abreviar).

Capítulo IV. Sentimientos nuevos.

Tras la desaparición definitiva de Clarividencias, la Señorita Tulp empezó a sentirse sola. Ahora sabía lo que sentía cualquier ser humano normal (quiero decir, sin desdoblamiento de su personalidad). Se sentía atrapada en un cuerpo en el que estaba sola y desde el cual miles de millones de billones de partículas de aire la separaban de aquel que estaba hablándole a medio metro. Hiciera lo que hiciese, por mucho que quisiera, nunca podría sentirse tan cerca de otro como lo había estado de Clarividencias. Pues ellas compartían el mismo alma, sin embargo, ahora sabía que el cuerpo (y no el alma) es lo único que se puede compartir con cualquier ser externo a tu propio yo en un intento por pasar a formar parte de él y que esto, además, en grado máximo, sólo puede lograrse con ciertas personas y de forma instantánea. Y esto no la consolaba en absoluto.
Sé que me estoy yendo por las ramas sin contar los verdaderos planes de la Señorita Tulp pues, como suponéis, ella vino al mundo para algo más que para ser mi amiga, no pensaréis que una transformación así se da todos los días y sin finalidad alguna. No creo que haga falta que diga que todo sucede por alguna razón. Sin embargo, con ese estado distímico depresivo, nuestra reciente amiga era incapaz de emprender su difícil Misión.
Todo esto cambió cuando conoció a la primera amiga que Clarividencias hizo al empezar sus estudios superiores, la que le había ayudado tantas veces a sonreír cuando, como la Señorita Tulp ahora, pasaba por un mal momento. Ella era... ¿no os la había nombrado antes? ¿Cómo se me ha podido pasar?! La única, la inigualable... la escatológica Miss Candy Candy.
martes, 2 de diciembre de 2008

Hasta el último pelo

He estado pensando seriamente a cerca de mis entradas. ¿Por qué casi todas están basadas en imaginaciones mías? Está claro, la razón es que fuera de las paredes de mi cuarto solitario tengo menos vida que una rata de alcantarilla. Bueno, también está la facultad. De casa a la facultad y de la facultad a casa... Qué horror. Luego está la rutina de los lunes y jueves, de casa al coro, del coro a casa. Y ya está. Algunos días práctico "puebling" y luego vuelta a empezar. Dicen que la vida de estudiante es la mejor y yo respondo: pues será la tuya. La vida del estudiante de medicina es casi un suplicio constante. No voy a decir que todo sean penas, a ver si os vais a pensar que estoy más amargada que un choco, que también tengo mis momentos de felicidad y disculpad por esta entrada, pero es que la dermatología es la asignatura más fea que me he podido echar a la cara y no sólo necesito huir de los apuntes sino que además necesito despotricar de ellos y de mi facultad y de mi carrera y de todo.
Al menos la semana pasada recibí una gran noticia, pues a la Señorita Tulp y a mí nos han concedido una beca para pasar un mes en Santander (de prácticas, claro, no creáis que vamos de balde). Así que allí estaremos en agosto dispuestas a hacer todas las historias clínicas que haga falta, pero eso sí, también a conocer aquella región tan bonita con sus chicarrones del norte incluidos, jeje.
A pesar de todo, he de decir que creo firmemente que la Medicina es un arte y, como arte, el mejor que existe. Pero por Dios, por Alá, por Harry Potter o por quien sea, que se acabe la carrera ya que yo lo que quiero es actividad!!!!!! Que no es que quiera abandonar esta vida de irresponsabilidad que nos caracteriza por ser pobres y dependientes de nuestros padres y por poder echar la culpa de nuestros errores a nuestra inmadurez e ignorancia de la vida, pero es que YO YA NO PUEDO ESTUDIAR MÁS! Si hay algo que tengo claro es que yo no nací para estar sentada en una silla cuatro o cinco o seis horas seguidas (mañana y tarde) mirando un papel, porque me muero, me mustio, me marchito! Mi cuerpo quiere marcha, movimiento, el ajetreo de la séptima planta, hasta el de urgencias!
Maldigo la dermatología en todas sus facetas. Prefiero hacer un tacto r*c**l (no quiero herir la sensibilidad de la comunidad no médica). Es la única rama que no es un arte. He dicho.

PD: con esta vida que llevo, así luego me pasa que me bebo una cerveza y se me va, se me va de las manos! xDD
sábado, 29 de noviembre de 2008

La verdadera historia de la Señorita Tulp. III

Capítulo III. El cuaderno de la Señorita Tulp.

Yo empecé a ser yo cuando aprendí a observar lo invisible. Qué ávido lector que se precie no se ha topado alguna vez con las palabras sutiles de Antoine de Saint-Exupéry que, en boca de un zorro ya domesticado, rezaban así “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”. Cuando yo las descubrí, su mensaje hizo una profunda mella en mi corazón humano y caló más y más hondo a medida que las iba digiriendo en mi cabeza. Como si se hubieran transformado en nutritiva glucosa para mis células, cada una de sus letras pasó a mi sangre y viajó por todo mi cuerpo, dejando una impronta principitesca por todos y cada uno de mis órganos y demás estructuras de mi anatomía.
Las consecuencias fueron totalmente inesperadas. No fue algo súbito, si no que ocurrió poco a poco, sin que nos diéramos cuenta. Digo “nos diéramos” porque desde aquel momento, nuestra personalidad empezó a sufrir un desdoblamiento, una división. Y la que antes sólo era Clarividencias, ahora, sin saberlo, también me llevaba dentro a mí. Ella no puede ser consciente pues, cuando mi temperamento aflora con todo su esplendor, el de Clarividencias se camufla, desparece… y pierde la conciencia de sí misma. Porque ya no es ella, si no que es yo... quiero decir... que soy yo. Ha pasado poco más de un mes desde que empezó el fenómeno de la transformación y de Clarividencias ya no queda apenas nada.
Obviamente no fui yo la que empezó con todo esto de “observar lo invisible”, puesto que aun ni siquiera existía. Fue Clarividencias quien, muy inteligentemente, se dio cuenta de las barreras casi impenetrables que, desde que nacemos, van poniendo delante de nuestros ojos para que no veamos las cosas como son, para engañarnos, para ofrecernos una realidad alterada, un “Show de Truman”, un “Matrix”, en definitiva, una mentira como una catedral de grande. Por eso, como bien dedujo Saint-Exupéry quizás ya mucho antes de escribir “El Principito”, la única forma posible de ver la realidad tal y como es, es con el corazón.
Al principio yo me preguntaba el por qué de esta transformación. ¿Por qué Clarividencias no puede seguir siendo Clarividencias y santas pascuas? ¿Por qué de pronto entro yo en escena sin comerlo ni beberlo? Y poco a poco fui hallando dentro mí la respuesta a mi propia pregunta. Clarividencias no podía seguir siendo ella porque le faltaba capacidad de actuación. Le faltaba ese pequeño empujoncito que a todos a veces nos hace falta, el paso que hay que dar para tomar la iniciativa. Y por eso, sí, por eso surgí yo, la Señorita Tulp.

Cuando acabé de leer miré a la muchacha que tenía delante y ya no sabía ni quién era. ¿Era mi amiga de siempre o era mi nueva amistad? Tampoco veía si sus ojos estaban tristes o alegres. Su cara era una mezcla de derrota y satisfacción, de salud y enfermedad. Finalmente, cogió el cuaderno de mis manos, me dio un beso en la mejilla y se marchó diciendo tan sólo "Quería que lo supieras".
Nunca más la volví a ver.

Continuará???
jueves, 27 de noviembre de 2008

La verdadera historia... II

Capítulo II. La confesión.

Nos sentamos al calor del braserito y, reconfortándonos con una deliciosa infusión de hierbas aromáticas de los campos frexnenses, Clarividencias empezó a contarme aquel secreto que la estaba consumiendo por dentro.

Creerás que estoy loca, pero es urgente que le cuente a alguien lo que me está pasando... lo que me va a pasar. No me hagas preguntas, no te las hagas a ti misma. Simplemente creéme.
Hace meses que me están ocurriendo cosas muy extrañas. No consigo dormir y, cuando lo hago, me despierto sin recordar nada de lo que he hecho antes de irme a la cama. Las lagunas de mi memoria cada vez son más grandes y, es más, nadie sabe decirme qué he hecho o dónde he estado justo en ese espacio de tiempo que no logro recordar. Me pesa el cuerpo, me siento cansada y, poco a poco, he ido sintiendo como si una extraña fuerza, un impulso espiritual, otra persona con un alma más firme y poderosa que la mía, se apoderase de mí. Cada vez que me despertaba después de uno de mis largos periodos de amnesia lacunar, notaba su presencia con más intensidad y cómo ésta se iba adueñando de mi vida sin que yo pudiera hacer nada. Miraba a mi alrededor y veía mis cosas cambiadas de sitio, mi armario lleno de ropa que desconocía, mis libros desordenados y mis fotos iban desapareciendo como si se las tragara la tierra.
Al principio, sospeché que se tratara de alguien que entraba en mi casa, me sedaba con algún tipo de hipnótico y jugaba a ser yo hasta que a mí se me pasaban los efectos del potente somnífero. Me había decidido a poner una cámara en mi cuarto las 24 horas del día, pero, por desgracia, me caí de la escalera de mano intentando fijar un cable al techo de la habitación (siento haberte contado que me caí en la ducha...). Como sabes, me lesioné la muñeca derecha y estuve casi dos semanas medianamente imposibilitada, pues soy diestra. Fue durante ese periodo en que no podía utilizar mi mano derecha y yo creía que tampoco me valía de nada la izquierda cuando al fin me di cuenta de lo que estaba pasando.
Me ocurría con frecuencia que, tras despertar sin saber qué había pasado ni dónde había estado horas o incluso días atrás, encontraba papeles escritos con notas, apuntes, relatos, ideas perfecctamente razonadas y redactadas... y con mi propia letra. Pero un tanto peculiar. Yo notaba una inclinación distinta, como si las palabras se postraran queriendo besar la línea horizontal del renglón.

Era la letra de mi mano izquierda, idéntica, calcada a la letra que ahora hacía al no poder utilizar la derecha. Pero yo era diestra, ni zurda ni ambidiestra, no, diestra. Nunca había podido escribir con la otra mano. ¿Por qué ahora sí?


Continuarááá...!!!
martes, 25 de noviembre de 2008

La verdadera historia de la Señorita Tulp. I

Capítulo I.

Yo no contaría esta historia si no estuviera autorizada para hacerlo. Y créanme que lo estoy, es más, casi me veo en la obligación. La razón es muy sencilla y es que la protagonista de la misma es una amiga de confianza. Amiga que un día me desveló un gran secreto... y es que no era una, sino dos. Sí, sí, habéis entendido bien, he querido decir que realmente no es que fuera sólo una persona, sino que eran dos, es decir, que esta historia, como cualquiera, no tiene sólo una protagonista... sino DOS! Bueno, dos... en UNA! Un poco lioso, lo sé, mas no os alarméis, todo se irá aclarando.

La Señorita Tulp llegó una fría mañana de invierno. Nadie la conocía. En ningún lugar. Era como un recién nacido, un nuevo ser. Pero hecha ya una mujer. Obviamente, yo tampoco sabía nada de ella, ni quién era, ni por qué apareció en mi vida con sus extrañas ideas... pero tardé sólo unos segundos en darme cuenta de que era un genio. No un genio de lámpara de pie ni de mesilla de noche, no, un genio genial, una persona sabia, astuta, rebosante de cosas buenas. Tenía justo lo que el mundo necesitaba en los tiempos que corrían... y eso era PELIGROSO. Ella tenía inteligencia, capacidad de actuación y bondad. También carisma y esa chispa que engancha al expectador. Empática, defensora de las causas justas, muy amiga de sus amigos... y con más enemigos de los que debería.
Pero remontémonos tiempo atrás. Antes de que la Señorita Tulp apareciera en mi vida, mi compañera de camino, mi amiga de confianza, Clarividencias, compartía conmigo todos los momentos que su ajetreada vida le permitía. Echábamos buenos ratos, con Buda, con Charada... y siempre nos divertíamos, aunque estuviésemos estudiando en la biblioteca. Nos conocimos en primero, cuando empezamos a estudiar en la Universidad. Y yo sabía bien cómo era, la conocía... o eso creía. Clarividencias siempre había sido un poco rara, por qué no decirlo, diferente a la mayoría, una persona excepcional. Era alegre y risueña y en sus ojos siempre brillaba una chispa de ilusión por todo lo que se traía entre manos. Pero de pronto, algo debió cambiar en su vida. Pasaban largos periodos de tiempo sin que apareciera por clase y, cuando lo hacía, venía cambiada, pálida y triste, sin la chispa en la mirada. Parecía que llevaba días sin dormir, qué digo días, semanas! Yo le hablaba sin parar de lo que habíamos dado en su ausencia, le contaba anécdotas y fiestas que se había perdido y, sobre todo, le hablaba mucho de la Señorita Tulp. Estaba deseando presentársela pero, curiosamente, siempre que Clarividencias aparecía por clase, faltaba la Señorita Tulp. Yo sabía que se iban a caer bien... eran muy parecidas!

Sin embargo, no sabía la sorpresa que me estaba esperando a la vuelta de la esquina. Algunos meses más tarde, Clarividencias vino muy preocupada a hablar conmigo. "Tengo que contarte algo. Es un secreto. Un secreto muy importante". Yo no sabía qué decirle, así que me quedé callada y, simplemente, la escuché.


To be continued!!
sábado, 22 de noviembre de 2008

El Cuarto Solitario.

Era una mañana de martes como otra cualquiera. Tenía muchas cosas que hacer... pero no tenía ganas. Me levanté y una oscuridad impropia para la hora que era inundaba el piso de punta a punta. Todas las persianas estaban bajadas. Con los ojos todavía medio cerrados, despeinada y hecha un zombi, fui avanzando dando traspiés de un lado a otro del pasillo con los brazos estirados como si estuviera sonámbula. Buscaba las ventanas, pero no las encontraba. Buscaba las puertas, pero nada. Fue entonces cuando vi a lo lejos una luz, no sabía por dónde entraba, pues ni había puerta ni ventana. A medida que me iba acercando, cada vez me molestaba más el resplandor, hasta que, poco a poco, mis pupilas se fueron haciendo a él.
Al fin lo tenía delante. La luz provenía de una especie de rectángulo que brillaba flotando en el aire. No era muy grande, era como un ventanuco por el que no cabía más que mi cabeza. Sin embargo, sucedió algo muy extraño, pues empecé a asomarme lentamente... Me pasó primero la nariz, quizás luego las pestañas, frente, labios, barbilla y... de pronto algo tiró de mí, una fuerza de otro mundo, de un universo paralelo o algo así. Y sentí, por un lado, como cuando el flash de la cámara fotográfica más potente de la Tierra te da directo en los ojos y, por otro, como cuando vas en coche por carretera y el conductor coge un cambio de rasante más rápido de lo debido y se te pone el estómago en la boca... pues esas dos cosas a la vez, una sensación MUY RARA.
Y pasó la genial sacudida. Y al fin pude abrir los ojos. Y tanto que los abrí... se me pusieron como platos. Y también se me abrió la boca, porque no me lo podía creer, ¿cómo había llegado hasta allí? Y vosotros os preguntaréis, ¿pero qué viste, Almendra, qué era, QUÉ? Y yo os lo voy a contar.
Era una habitación. Podría ser un cuarto de cualquier casa de cualquier familia de cualquier lugar, pero tenía algo que... No, no, no. Más bien le faltaba algo... Ni puertas, ni ventanas! Empecé a agobiarme y revolví todo lo que había allí dentro, fui palpando las paredes una a una, pero nada. Hasta que me di la vuelta y pude ver cómo la misma luz flotante que yo había visto en mi casa, flotaba allí esperando a que yo quisiera asomar otra vez mi cabecita y devolverme así a mi dulce hogar.
Más tranquila ya, sabiendo que tenía ahí mi canal mágico de conexión directa con mi casa para cuando yo quisiera regresar, decidí echar una ojeada a mi alrededor. Y no os lo vais a creer. A simple vista podría parecer un cuarto casi normal, sí, tenía una cama, dos sillas, una mesa, pero el aire... algo te impedía una visión adecuada. Cerré un poco los ojos intentando entrever qué era aquella bruma extraña... los cerré un poco más... y entonces la Bruja Choni!!... la tarde aquella... no sé qué de la copla... los toros... el traje de hojas secas... Palabras! Frases! Letras! Eso eran! El aire estaba lleno de palabras mágicas, de historias, de canciones, sentimientos, música, ilusiones, aventuras, ocurrencias y un sinfín de cosas más vividas y por vivir, inventadas y por inventar. Las letras se zambullían en el mar de símbolos, de códigos y términos y se mezclaban unas con otras transformándose en palabras nuevas, en frases distintas... se chocaban, daban vueltas, carambolas, gateaban por las paredes...

Y así fue como yo llegué a un Cuarto Solitario virgen; poco después me puse manos a la obra y empecé a poner orden. Cada vez que entro, atrapo una palabra de aquí y otra de allá y, como buenamente puedo, voy amueblando con historias los rincones de este cuarto extraordinario. Lo mejor fue descubrir que, en vuestras casas, el mismo resplandor os daba acceso a este lugar, comprobando de una vez que no era este un claustro hermético e impenetrable, sino todo lo contrario... nuestra Sala de los Menesteres. Tú has elegido no ser un ladrillo en la pared. Escogiste ser una ventana más por la que entra un torrente de luz incalculable, sólo espero que no la cierres! Así que no te lo pienses, saca tu caña y pesca, saca tu red y caza, cógelas al vuelo y cuidado que se escapan, se resbalan, se escaquean, son traviesas, tienen alas! Son palabras!
jueves, 20 de noviembre de 2008

El roce hace el cariño... 2ª parte

...y podría enfriarse la silla mientras tanto... ¡enfriarse la silla! No, eso sí que no...

De este modo, el joven Luisito descartó la posibilidad de pegar a su amigo (porque ya podría decirse que le había tomado cariño) en un libro, fuese de la asignatura que fuese. Así que, mantuvo su postura con el puño cerrado y el dedo índice estirado, algo similar a la estatua de la libertad o al que está esperando que le caiga un donut (que nunca cae, por cierto). Siguió pensando unos segundos y... "¿Qué tal si lo pego debajo de la silla?", se dijo. La verdad es que no era una mala idea (es lo que hace todo el mundo) pero le asaltaba la duda de que algún día tuvieran que coger la silla para ponerla en otra habitación, o para hacer limpieza, o para mudarse de casa... ¡qué más da para qué!, el problema era que alguien diese la vuelta a la silla y se encontrara allí con el maldito moco pegado en forma de sonrisa burlona que se mofa de todo aquel que lo mira con cara de asco.
Recordó algo que había visto hacer a algunos y que no estaría mal aplicar al caso. Consisitía en pegarse el moco en la suela del zapato y esperar a que este se separara de ti cuando él quisiera, libremente, sin coacciones. Claro que esto sí que no le hacía ni puñeterísima gracia. Eso de llevar su propio moco (aunque ahora que digo propio, siempre sería mejor que llevar el moco ajeno) pegado a la suela de esos deportivos que tanto le gustan, que son de marca (oh, qué guay!) y que casi le cuesta donar un riñón para poder comprarlos (aunque en realidad se los pagara su madre, pero y el esfuerzo que le costó convencerla!) no le daba muy buenas vibraciones, la verdad. Y menos allí, en su cuarto, que igual podría dejar el moco a la entrada de la habitación, bajando las escaleras o en la puerta de la cocina. Y tampoco era plan de salir a la calle con el dedo tieso y una vez fuera pegárselo para dejarlo en los adoquines por los que a veces hasta había andado descalzo.
Luis estaba tan sumido en los pensamientos de encontrar una solución eficaz y cómoda para deshacerse de la maldita sustancia pegajosa que ya se le estaba incrustando al dedo que no se dio ni cuenta de que su mdre había abierto la puerta del dormitorio y entraba para traerle la merienda.
En dos segundos, nuestro amigo bajó de la nube. Sintió pasos a su espalda que se acercaban y... ¿qué hiciste, oh, probe mentecato?! Tenía tras él a su adorable mamá, aproximándose lentamente con un plato de deliciosas magdalenas y un vaso de leche... ¿Qué fuiste a hacer insensato?!!

Sin darse cuenta, como guiado por un instinto animal, sacó disimuladamente la punta de la lengua y, sin pensarlo, con un movimiento rápido, zas!

¡Se chupó el dedo!

¡¡Se tragó el moco!!

-Buenas tardes, Luisito, aquí tienes la merienda.
-Gracias mamá.

Aquella fue, sin duda, la merienda más completa de Luisito, de quien te puedo asegurar que, a partir de ahora, no se lo pensará dos veces a la hora de pegar el moco debajo de la silla!
martes, 18 de noviembre de 2008

El roce hace el cariño y no me quiero separar de ti (dicho por un moco)

Os dejo aquí unas palabras que la Almendra de hace unos años publicó en la revista del instituto, causando un gran revuelo en la sala de profesores... xD

Era una tarde de frío, aunque el sol brillaba con toda su fuerza en el cielo azul. A Luis no le apetecía en absoluto hacer los ejercicios para el día siguiente, pero sabía que tenía que estar al menos unas dos horas dentro de aquel cuarto para que su madre pensara que estaba estudiando. Llevaba ya casi una allí metido, sentado en la incómoda silla junto a la mesa redonda de la esquina de la habitación. La falda de camilla le llegaba hasta el cuello y había puesto la papelera en el rincón para poner los pies encima y estar así más cómodo.
Tan grande era su aburrimiento que se sintió tremendamente feliz al encontrar la distracción de hurgarse en la nariz. Introdujo con cuidado el dedo índice y... voilà! he ahí un pequeño moco verde no muy duro, mejor dicho, demasiado blando. Era un moco difícil de manejar. Apenas lo hubo extraído de la oscura cueva en que éste llevaba a cabo su función protectora, cuando ya se le perdía entre los dedos índice y corazón.
Intentaba hacer con él, ayudándose del pulgar, un pequeño proyectil para lanzar después por la ventana, pero le era imposible. Podríamos decir incluso, que era un "moco rebelde, muy suyo". Luis paró de mover los dedos por un momento e intentó buscar otra solución. Estaba allí, sentado con los pies sobre la papelera de plástico, casi hundida ya por la fuerza que ejercían las piernas, mirando fijo el dichoso moco que, al parecer, no quería separarse de él. Desvió su mirada un momento y buscó por la mesa algún inservible papelucho donde poder envolver aquella sustancia verde, elástica y pegajosa (y repugnante, por cierto), pero lo único que había encima era el libro de biología, un estuche lleno de firmas de colegas y un flexo con una bombilla azul y tres o cuatro mosquitos volando alrededor.
Miró pensativo la forma en que estaba abierto el libro: el tema que estudiaba (la célula) pertenecía casi a la mitad del grueso tomo. Todo lo anterior ya estaba dado; era el bloque de geología. Luis odiaba la geología. Montañas, rocas, ríos y glaciares le habían hecho suspender la pasada evaluación. Con la mano izquierda (la mano libre, por decirlo de alguna manera), volvió páginas atrás. Páginas subrayadas que le daba un poco de pena destrozar pegando un horrible moco color polo de lima-limón. Pero ¿qué iba a hacer si no? Llevaba ya casi un cuarto de hora con el dedo tieso y se le estaba quedando petrificado en el aire! Pensó en el libro de lengua: la unidad de los sintagmas. Sí, esa sí que la odiaba tanto como para pegar en ella una docena de repugnantes mocos color polo de lima-limón. Pero tendría que levantarse si quería coger el libro de lengua. No, eso no estaba a su alcance, si se levantaba, al sentarse no recordaría la postura que tenía, no sabría qué pierna estaba sobre cual o dónde apoyaba el codo derecho... Le llevaría otro rato acomodarse y podría enfriarse la silla mientras tanto... ¡enfriarse la silla! No, eso sí que no.

[...]


Sí queréis saber cómo acaba la historia tendréis que esperar a la próxima entrada!

PD: no déis ideas, que le quitáis la emoción :PPP
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