sábado, 27 de diciembre de 2008

EL JUEZ DE LOS ABRAZOS

Lee Shapiro es un juez retirado y también una persona amable y cariñosa. En un momento de su carrera, se dio cuenta de que el Amor es el poder más grande que hay. Como resultado de ese descubrimiento se convirtió a la religión del abrazo: empezó a dar abrazos a todo el mundo y comenzaron a llamarlo “el juez de los abrazos”.
Lee inventó lo que él llama su “Equipo de abrazar”, lleno de corazoncitos rojos bordados con un adhesivo al dorso. Lee saca su “Equipo de abrazar”, se acerca a la gente y le ofrece un corazoncito a cambio de un abrazo.
Gracias a esta práctica ha llegado a ser tan conocido que con frecuencia lo invitan a conferencias y convenciones donde puede compartir su mensaje de amor incondicional. En una conferencia que se realizó en San Francisco, los medios de comunicación locales le plantearon el siguiente reto: “Es fácil dar abrazos en esta conferencia dirigida a personas que han venido aquí porque han querido, pero eso sería imposible en el mundo real”. Y lo desafiaron a que empezara a dar abrazos por las calles de San Francisco, seguido por un equipo de televisión de la emisora local.
Así, salieron a la calle y en poco rato Lee ya había abrazado a una señora que se le cruzó, a una muchacha con cara de disgusto porque estaba poniendo una multa e incluso a un conductor de autobús que, según dicen, son de la gente más dura, descortés y mezquina de San Francisco. Los del equipo de televisión no salían de su asombro.
Un día, una amiga llamó a su puerta. Nancy, payaso de profesión, iba vestida con su disfraz de trabajo, maquillada y con nariz postiza. Le invitó a coger su Equipo de abrazar y acompañarla al hogar de incapacitados.
Allí, Lee se sentía incómodo: nunca había abrazado a nadie que tuviera una enfermedad Terminal que padeciera graves disfunciones físicas o mentales. Aquello era excesivo para dos personas. Pero pasado un rato se fue formando un cortejo de médicos, enfermeras y ayudantes que los seguían de un pabellón a otro.
Llegaron al último pabellón donde se alojaban los casos más graves. La sensación lo descorazonó; pero, dado su compromiso de compartir su amor para conseguir un cambio, Nancy y Lee empezaron a abrirse paso por la habitación, seguidos por el séquito de médicos y enfermeras, que por aquel entonces ya llevaban corazones colgados al cuello y lucían sombreros de carnaval.
Finalmente, Lee llegó a la última persona, Leonard, que llevaba un gran babero blanco sobre el que babeaba incesantemente. Lee miró a Leonard, que no dejaba de babear, y se paralizó preguntándose si realmente era posible llegar a una persona en ese estado. Nancy lo animó. Así, le puso un sombrero de mil colores en la cabeza, sacó uno de sus corazoncitos y lo pegó en el babero de Leonard. Tras hacer una inspiración profunda, se inclinó para abrazarlo.
Súbitamente, Leonard empezó a emitir un chillido.
Otros pacientes empezaron a golpear cacharros. Lee se volvió hacia el personal de la sala, en busca de alguna explicación, y se encontró con que todos los presentes, médicos, enfermeras y auxiliares, estaban llorando. “¿Qué es lo que pasa?”, preguntó. Lee jamás olvidará la respuesta: “En 23 años, es la primera vez que hemos visto sonreír a Leonard”.
Así de sencillo es cambiar en algo la vida de una persona.

Del libro “Sopa de pollo para el alma”,
de Jack Canfield y Mark Victor Hansen.

Después de esto, ¿no te apetece dar un abrazo?
miércoles, 24 de diciembre de 2008
¿No os saben en estas fechas todas las felicitaciones un poco amargas? Porque mientras las celebramos en nuestras casas tan felices y contentos... el mundo sigue igual, no? No quiero fastidiar la alegría a nadie, eh! Sólo ayudar a estimular un poco nuestros cerebros con unas palabras bastante acertadas.

Merece la pena el video que os dejo a continuación (y además repasas inglés ;D )





Feliz Navidad, hermanos :)
lunes, 22 de diciembre de 2008

A los pies de la montaña.

Os preguntaréis que para qué he estado escribiendo sobre Foncho si mañana empezaré otra historia sin que ni siquiera os haya quedado muy claro de qué iba todo esto del guardián de la montaña... Pues bien, os contaré a qué venía.
Hubo un tiempo en que yo me encontraba perdida, no geográficamente, no es que no supiera dónde estaba... sino que más bien no encontraba mi lugar. Tenía la sensación de que los pilares que sostenían mi vida se habían ido derrumbando y ahora estaba flotando en el aire peligrosamente como flota un dibujito animado cuando va corriendo a toda pastilla y justo se pasa un poco del precipcio... permanece unos segundos flotando en el aire, intenta mover los pies, pero no hay desplazamiento y en breve se desploma y se pierde en el vacío perseguido por un grito que suena cada vez más apagado. Pues así me sentía yo, esperando la caída inminente.
Como nada me importaba ya, me eché a andar. Caminé, caminé y llegué a los pies de una montaña muy alta (como las que salen en las fotos de raticos inolvidables) y pensé "Si subo allí, a lo más alto, iré sintiendo poco a poco la vida de la montaña bajo mis pies... al fin no estaré perdida, recuperaré mi suelo y además éste no será tan frío ni tan inerte como el del asfalto".
martes, 16 de diciembre de 2008

Foncho, un perro de agua.

Si os interesan mucho las clasificaciones de perros según su raza, os diré que Foncho era un perro de agua español. Qué curioso, un perro de agua guardián de la montaña... No os preocupéis, nadie lo rechazó por eso en la serranía. Tenía un pelo precioso, fuerte, negro y ensortijado por todo el cuerpo. Bajo los rizos de su cara se adivinaban dos puntitos brillantes y más negros todavía que miraban con brío a todas partes.
Espero que no hayáis pensado que por llamarlo "el guardián de la montaña" se tratase de un perro feroz, agresivo, violento. Nada más lejos de la realidad. Foncho era un animal tranquilo, bueno, alegre, de una inteligencia casi humana y con una sensibilidad superior a la de éstos.
Y ya que os he descrito un poco su apariencia, aunque esto no sea importante, os diré una característica más de nuestro amigo. Foncho era cojo.
sábado, 13 de diciembre de 2008

Foncho, el guardián de la montaña

Foncho vivía en una cueva fría y oscura que encumbraba una montaña allá por las tierras de Sierra Morena. En invierno, la humedad se filtraba por las paredes y salían musgos y líquenes que luego duraban todo el año y le servían de verde decorado. Todas las casas tienen un olor especial, un olor diferente que toda la familia lleva impregnado en su piel y en su ropa... en la cueva de Foncho este aroma era el de la tierra.
La cueva no fue su cuna, ni fue el medio rural el que pisó por primera vez. Lo cierto es que Foncho vio la luz rodeado de seres humanos en una familia como otra cualquiera. Lo separaron muy pronto de su mamá y estuvo varios meses con una familia de acogida. Ésta, pronto se cansó de él y lo dejó abandonado en una cuneta, siendo el pobre Foncho aun... un cachorro.
Un cachorro, no más. Pasó la primera noche sin techo ni cobijo, muerto de frío y de miedo. Al día siguiente encontró aquella cueva y, desde entonces, Foncho, el guardián de la montaña, comenzó allí su vida de perro ermitaño y guardián.

Libro de Poemas.

Versos que impactan, que hacen pensar, bien o mal pero, al fin y al cabo, pensar. ¿Quién a veces no ha tenido este sentimiento? Hay que ser valiente para escribir esto en tiempos revueltos.

PRÓLOGO

Mi corazón está aquí,
Dios mío,
hunde tu cetro en él, Señor.
Es un membrillo
demasiado otoñal
y está podrido.
Arranca los esqueletos
de los gavilanes líricos
que tanto, tanto lo hirieron,
y si acaso tienes pico
móndale su corteza
de hastío.

Mas si no quieres hacerlo,
me da lo mismo,
guárdate tu cielo azul,
que es tan aburrido,
el rigodón de los astros.
Y tu infinito,
que yo pediré prestado
el corazón a un amigo.
Un corazón con arroyos
y pinos,
y un ruiseñor de hierro
que resista
el martillo
de los siglos.

Además, Satanás me quiere mucho,
fue compañero mío
en un examen de
lujuria, y el pícaro
buscará a Margarita,
me lo tiene ofrecido.
Margarita morena,
sobre un fondo de viejos olivos,
con dos trenzas de noche
de estío,
para que yo desgarre
sus muslos limpios.
Y entonces, ¡oh Señor!,
seré tan rico
o más que tú,
porque el vacío
no puede compararse
al vino
con que Satán obsequia
a sus buenos amigos.
Licor hecho con llanto.
¡Qué más da!
Es lo mismo
que tu licor compuesto
de trinos.

Dime, Señor,
¡Dios mío!
¿Nos hundes en la sombra
del abismo?
¿Somos pájaros ciegos
sin nidos?

La luz se va apagando. ¿Y el aceite divino?
Las olas agonizan.
¿Has querido
jugar como si fuéramos
soldaditos?
Dime, Señor, ¡Dios mío!
¿No llega el dolor nuestro
a tus oídos?
¿No han hecho las blasfemias
Babeles sin ladrillos
para herirte, o te gustan
los gritos?
¿Estas sordo? ¿Estás ciego?
¿O eres bizco
de espíritu
y ves el alma humana
con tonos invertidos?
¡Oh Señor soñoliento!
¡Mira mi corazón
frío
como un membrillo
demasiado otoñal
que está podrido!
Si tu luz va a llegar,
abre los ojos vivos;
pero si continúas
dormido,ven,
Satanás errante,
sangriento peregrino,
ponme la Margarita
morena en los olivos
con las trenzas de noche
de estío,
que yo sabré encenderle
sus ojos pensativos
con mis besos manchados
de lirios.
Y oiré una tarde ciega
mi ¡Enrique! ¡Enrique!,
lírico,
mientras todos mis sueños
se llenan de rocío.
Aquí, Señor, te dejo
mi corazón antiguo,
voy a pedir prestado
otro nuevo a un amigo.
Corazón con arroyos
y pinos,
corazón sin culebras
ni lirios.
Robusto, con la gracia
de un joven campesino
que atraviesa de un salto
el río.


martes, 9 de diciembre de 2008

Malas noticias. LvhST.

No sabéis cómo me siento. La rabia me corroe y no puedo hacer nada. Tengo una mala noticia para vosotros, y es que tengo que dejar de escribir sobre la Señorita Tulp. Tal y como se han puesto las cosas en el panorama mundial, ahora mismo sería peligrosísimo que en un medio como este se cuente la verdad sobre su historia. Los malos la persiguen, quieren acabar con ella mientras se oculta no sabemos dónde, pero eso sí, su actividad contra la injusticia y la avaricia que está desequilibrando el mundo más y más, no ha cesado.

En algunos lugares su cara ya ondea en banderas que jóvenes pasean con fervor por las calles de sus ciudades. ¿Cómo no la habéis visto entonces? os preguntaréis. Es posible que a vuestra ciudad no hayan llegado aun... y en los medios de comunicación nunca encontraréis nada. Está totalmente prohibido. Lo prohíbe el gonbierno de los gobiernos. Lo prohíben los hombres antifaz. Ellos se han apoderado de todo. Han ido convirtiendo el mundo poco a poco en una fábrica de tristeza donde la única cultura, la única religión, el único sentimiento existente se llama tener.

Es muy arriesgado escribir esto aquí, pero mi conciencia me dice que lo haga. A mí no me van a callar. Estas palabras quedarán aquí para siempre, mas si no puedo seguir con esta historia es porque así les sería demasiado fácil localizarme. Y tenemos que protegernos, nosotros, los que estamos con ella, los que queremos que la humanidad siga conservando su dignidad, tenemos que andarnos con mucho cuidado porque ellos están por todas partes.

Algunos dicen que los han visto, pero lo cierto es que, más que verlos, la mayoría percibimos su presencia cuando notas cómo se te congela el alma. Te sientes paralizado, tus ojos ya no miran, tu boca ya no ríe y toda la expresión que puede transmitir una cara se borra de un plumazo como el viento borra una huella en la arena. Cuando los tenemos cerca, todos somos antifaz.
...
sábado, 6 de diciembre de 2008

El desayuno. LvhST-V.

Capítulo V. El desayuno.

La Señorita Tulp entró confusa y desorientada en la cafetería sin saber ni por dónde caminaba, sumida por completo en sus pensamientos, replegada sobre su alma sin echar cuenta al mundo que intentaba despertar a su alrededor en torno a una taza de café. De pronto, una cara diferente a todas las demás allí presentes, una cara que desentonaba por su expresión de alegría, de estar feliz aunque fueran las ocho de la mañana y un largo día de trabajo quedara aun por delante, la sacó de su ensimismamiento.
Sentada al fondo de la sala, bajo las verdes hojas de una maceta que colgaba del techo al más puro estilo andaluz, Miss Candy Candy le estaba regalando una sonrisa chocolatada de las que sólo ella sabe conceder. Era imposible mantenerse impasible... la Señorita Tulp no tuvo más remedio que reírse. Sin embargo, nadie más pareció darse cuenta de tan graciosa situación, ninguna de las demás personas que estaban allí con la mente puesta en sus quehaceres rutinarios fue capaz de olvidar por un momento sus problemas y dedicar una sonrisa a la mañana. La Señorita Tulp fue consciente de ello, pero tampoco se alarmó, pues lo que necesitaba en ese momento era centrar toda su atención en aquella persona que parecía que al fin iba a librarla de esa tristeza vital que últimamente la invadía. No recordaba haber conocido antes a esta joven singular, sin embargo, algo en su interior le parecía que la echaba mucho de menos... eran los restos de una Clarividencias mortecina que aún palpitaba débilmente resignándose a salir a la luz por haber comprendido que ahora era el turno la Señorita Tulp, la versión más completa y estable de sí misma.
A los pocos minutos, las dos ya se congratulaban como si fueran amigas de toda la vida. A la Señorita Tulp se le olvidó ese sentimiento de soledad que no la dejaba pensar en otra cosa, mientras Miss Candy Candy le contaba las historias de cuando metía la cabeza en la lavadora para gritar a pleno pulmón, insonorizando así toda su rabia contenida; de los concursos de pedos; de las posturas de decorticación y descerebración con algún chupito de más; de la noche en que besó a un sapo que resultó ser algo más que un príncipe encantado...
Tantas cosas, tantas historias eran las que podía contarle Miss Candy Candy para amenizar cada día, minuto, hora y segundo de su vida... Pero de pronto, algo le ocurrió a aquella joven de mirada dulce de grandes ojos azules, pues dejó a la Señorita Tulp sola dando carcajadas en medio de la cafetería y salió pitando dirección a los servicios de la planta baja del edificio de al lado. Lo siento, tengo una urgencia... me cago! Y con esas palabras desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Fue entonces, cuando se quedó sola, ya feliz, con una sonrisa plena en los labios, cuando miró a su alrededor y se dio cuenta de la expresión de las caras que la rodeaban. Hombres de mirada cansada y triste. Jóvenes que llegaban arrastrando los pies y las ojeras para pedir un café solo que los mantuviera despiertos. Mujeres que lanzaban al aire miradas de odio porque otros se les adelantaban en la cola, haciéndoles perder más tiempo del necesario para ese momento improductivo del día.
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