Las aventuras del ladrón de bragas,
cuentos de amor y desesperación.
Final
Final
Bajo las miradas atónitas de todos los que en ese momento habitaban la terraza, una voz susurró... No es un pájaro, no es un avión, es... una mujer volando... con unos calzoncillos en la cabeza?! Efectivamente! Más impactante pues que el hecho de que la joven se les acercara planeando a pesar del contrapeso ejercido por unos enormes pechos, fue desde luego que su rostro y su cabeza estuvieran cubiertos por unos ajustados slips rojo pasión, dejando al descubierto tan sólo unos grandes ojos azules y permitiendo que una larga melena rubio platino sobresaliera a la altura de la nuca para envolver su figura a la vez que ondeaba con el viento de la manera más sexy que pudiera hacerlo.
La claridad de la mañana otorgaba ese cierto toque mágico de los momentos extremos del día. En el ambiente flotaba un intenso olor a pan recién hecho que casi servía de desayuno y los primeros rayos de sol comenzaron tímidos a iluminar la extraña escena final de la historia de nuestro amigo Francisco.
Creo que esto ya lo he dicho más veces... pero de verdad, nadie se creía lo que estaba pasando! Francisco, flipando en colores y sonriendo bajo las bragas turquesa, vio el cielo abierto. No sabía quién sería aquella mujer ni por qué, al igual que él, tenía su cara cubierta por una prenda de ropa íntima del sexo opuesto. Sólo sabía que venía a salvarlo. Lo intuía, podía sentirlo... Y justo entonces, la rubia de semblante oculto pasó por su lado, lo agarró firmemente del brazo con una fuerza impropia para una mujer de su naturaleza, y en una breve sacudida, Francisco estaba bajo su cuerpo, con un cinturón de seguridad que lo ataba firmemente a ella, proporcionándole el mayor sentimiento de seguridad, equilibrio y sosiego que había experimentado en su vida. Por un momento, todo esto le recordó el chocante sinsabor que sentía en aquellos tiempos en que chateaba con alguien cuya foto de perfil brillaba por su ausencia... Pero la delicia de esos pechos turgentes contra su espalda, indicativa de que no eran falsos, le tranquilizaba cual chupete a un bebé llorón.
Lejos quedaban ya las vecinas gritonas del viejo bloque. Estaban fuera de peligro, felices, contentos, dichosos, sobrevolando la ciudad cuerpo con cuerpo, sin saber apenas nada el uno del otro... Yo soy la ladrona de calzoncillos..., le dijo ella al oído en un susurro. Y los dos se descubrieron el rostro y aterrizaron en el tejado del edificio más alto de la ciudad para fundirse en un beso apasionado mientras el sol terminaba de salir allá por unas montañas de fuego. ...Ve bajándote los pantalones...

FIN



