domingo, 20 de diciembre de 2009

Music box

Life inside the music box ain't easy. Aburrida de la canción de siempre, la bailarina de la cajita está harta de no poder salir a explorar mundo. El tiempo no se detiene, la vida sigue y ella siempre allí atrapada con su maldita melodía.
Cansada de la rutina, se decide a hacer algo atrevido y, mientras friega los platos y divaga por un mundo de burbujas, acaba dándole un sorbito al agua con jabón del fregadero... Pero ¡ay! el jabón no está como esperaba. Se entrega a la tentación y, en realidad, no es para tanto. Decepción... De nuevo, vuelve a su mundo y se siente como cualquier mortal.

Life inside the music box ain't easy... the mallets hit the gears are always turning and everyone inside the mechanism is yearning to get out and sing another melody completely...
jueves, 17 de diciembre de 2009

Mi alma perdida

Que Amaral me perdone (sobre todo por el terrible final).



sábado, 12 de diciembre de 2009

Autorizada a escribir

Continuación de entradas anteriores.
IV

En el ángulo más oscuro del bar más cutre de Sevilla, allí donde el aire es irrespirable, el suelo se pega a tus zapatos y los viejos con su chato miran raro a una señorita que bebe sola su cerveza, esperaba a mi cita. Pasaban ya veinte minutos de la hora acordada y yo empezaba a pensar que me habían dado plantón... pero, de pronto, su figura recta se dibujó en la puerta y, por el caracolillo que intuí en su sien, supe que era él, el auténtico y genuino, el protagonista de su propia historia, El Coplero.

No es guapo, pero tampoco feo. Tiene su punto con esa barba de tres días que me traía el otro día y esos ojos verde agua de pestañas largas caramelizadas. Mmm... puede ser atractivo a la vista de una mujer hasta que el pobre mío abre la boca y empieza a rezumar feminidad por los cuatro costaos.

Venía muy contento. Nada más sentarse me dijo que definitivamente me daba su permiso para escribir esta historia y que ya no tenía que seguir poniendo que me la estaba inventando ni que ya veríamos si la escribiría o no. Al parecer, con sólo tres entradas, ha sido suficiente para que la gente lo pare por la calle y lo reconozca, si viérais como estaba, parecía otro, nada que ver con aquel Coplero melancólico que me pidió un cigarro una noche cualquiera de jueves en El Salvador (y yo, como no tenía, le di conversación...)

Me contó que el otro día, mientras paseaba con Er Cigarra, una señora lo paró y le dijo: Niño, tú ere Er Coplero, no? Er der Cuarto Solitario? Ole, ole y ole tú y la mare que te parió. No te rindah, no ehtéh trihte tú, mi arma, ¡que la copla no ehtá muerta! ¡Ahí tieneh ar Falete, a la Diana Navarro, a la Pahtora Zolé! Guapo, que ereh mu guapo, ya ehtoy ancioza ehperando er prózimo capítulo de tu hihtoria. El Coplero no sabía mucho de estos artistas, algo había oído, pero como él seguía anclado en su pasado-presente, soñando con las más grandes de la peineta, no había echado mucha cuenta... ahora, me comentaba, le picaba la curiosidad por ese tal Falete y las otras dos.

Al parecer, Er Cigarra fue por ahí contando lo sucedido. Se lo contó al cuponero, al del kiosko de prensa, a las niñas del Polvillo, a las del Supersol, al aparca que se pone en el Prado, al negrito de los pañuelos, a los del Lipasam, al que siempre está tirado en un poyete de Santa Justa, a los de los churros de enfrente del Arco de la Macarena, a todo el que estaba en El Rinconcillo... ¡Yo qué sé! Se lo contó a to Cristo. Resultado: ¡ahora todos quieren mención especial en la historia! El uno porque una vez llevó al Coplero a casa borracho, el otro porque un día lo invitó a una copa... Y el pobre Coplero venía un poco preocupado. No te apures -le dije yo- cada cosa a su momento y, no lo olvides: esta es tu historia.

Ah, y la semana que viene te traigo algo de esos artistas en el mp3........

¿¿¿En el emer qué queeeeérrrrr???



El Coplero os manda un saludo ¡Hasta la próxima, amigos!
miércoles, 9 de diciembre de 2009

Er cigarra

III

Al final os vais a creer y todo que voy a escribir esta historia... nada más lejos de la realidad, son sólo divagaciones! Como os dije, si yo siguiera hablando del Coplero, no podría dejarme atrás a su amigo del alma. Nada tiene este que ver con el misterioso amigo que también tendrá su vestidito de flamenca, sino que se trata de un buen hombre que le saca por lo menos veinte años al Coplero, pero cuya amistad se remonta a los días en que éste aun no había hecho ni la Primera Comunión... memorable día, por cierto, que ya veremos si contaré.

Vivía por entonces El Coplero en el mismo piso macareno en que aun vive La Lunaritoh, y era Faustino er Cigarra su vecino más próximo, vamos, puerta con puerta. Como su propio apodo indica, Faustino no tenía otro quehacer que pasar las mañanas al sol dando paseos calle arriba, calle abajo, canturreando como la cigarra, pero más dichoso que ésta, pues sabía que a fin de mes le esperaba su paguita de prejubilado gracias a la hernia inoperable de su espalda que lo incapacitaba para seguir ejerciendo en el maravilloso mundo de la construcción... sin tener por qué aguantar las miradas de reproche de las hormigas obreras.

Los infortunios de La Lunaritoh con los hombres hicieron del Coplero un niño que creció sin padre conocido y tal vez fuera esto lo que le unió a su vecino Er Cigarra, aunque no por ello iba a ser éste, maruja loca típica andaluza, quien supliera la figura masculina que el niño necesitaba.

Los libros no eran el plato favorito de nuestro amigo El Coplero, que prefería escabullirse de la escuela sin que su madre lo supiera y pasarse la mañana paseando con Er Cigarra, que como tampoco tenía dos deos de frente, se lo consentía con tal de que le hiciera compañía. Así, vino a enseñarle éste las buenas costumbres sevillanas: los desayunos cerca de las once con su tostaíta jamón, la charla con el cuponero después de comprar su cuponcito, el vinito de las doce con sus arvellanah, las aceitunitas de las doce y media, la tapita de la una, la cervecita de la una y cuarto, la partidita de cartas, la corrida de las seis, entretanto cotilleos varios, sevillanas y fandangos, palmitas y taconeos...

Ay, pero no dejaba El Coplero en aquellos tiempos de sentir cierta pena por no conocer a su pare, y algunas noches lloraba desconsolado mientras su madre, con el corazón encogido y aguantándose las lágrimas para que su niño no la viera llorar, le cantaba así al oído..



¿Continuará?

PD: las canciones forman parte de la historia
sábado, 5 de diciembre de 2009

Con un traje de volantes y una enagua armidoná

Continuación de la entrada anterior.
II

Si algún día yo me decidiera a escribir la historia del Coplero, no creáis que lo dejaría solo. El susodicho, como cualquier hombre que se precie, tendría algún amigo de verdad, un compañero de alegrías y penas, de lunes al sol, de borracheras tontas, alguien con quien contar si le hiciera falta. Lo rodearía también de algunos personajillos característicos de esa vida callejera en que El Coplero se desenvuelve, tal vez, no sé, de un amor y, cómo no, tratándose de un artista del mundo de la peineta, tendría que nombrar a su madre.

Así, os contaría cómo los jueves, aprovechando para echar un ojo al mercadillo de la calle Feria y sentirse feliz entre las antigüedades polvorientas más cercanas a su realidad que los modernos maniquíes de las tiendas de la calle O'Donell, El Coplero acaba traspasando la frontera marcada por la Muralla para adentrarse en el barrio de la Macarena, donde vive Antonia La Lunaritoh, que es como la gente del mundillo farandulesco conoce a la madre de nuestro hombre. Será esta mujer una vieja enjuta pero alegre que lleva toda la vida cosiendo trajes de flamenca para las gitanas guapas de piel morena. Su mote se lo pusieron de joven porque cuando salía del taller de costura siempre decía: Ohú, hay que vé que sierro los oho y namáh que veo lunaritoh. Y de ahí, se le quedó.

Otra costumbre del Coplero en estos jueves en que visita a su madre es la de llorarle un rato para que le haga un traje de flamenca para la Feria que viene. Lleva el pobre desde chico detrás del maldito vestido, pero la mujer se niega. Antonia -le dice su hijo- hahme er favó, por Dió, cóseme de una ve er vehtío que yo baile ehte meh d'abrí contento con mi trahe de volanteh, mira que te muereh y no me lo hase. Y este año, es curioso, La Lunaritoh se ablanda y va y le dice: ¡Tamié tieneh rasón, jomio, que tú a mí el único dihuhto que mah dao eh salirme sarasón, pero luego hay que ve lo güeno que ereh, mi arma! Y con esto el Coplero le mete un achuchón que casi la mata, le da un beso de los que suenan y le dice sonriente: En veh de uno que sean doh, que te voy a trae a un amigo que se va a morí de la ilusión. Y su madre se resigna.


Contento y feliz y sintiéndose afortunado, El Coplero volvería a su mundo del centro ciudad, no sin antes detenerse en la basílica de la Esperanza Macarena para prometerle que, después de su madre, Ella será la primera en ver su traje de volantes y el de su misterioso amigo. Luego vuelve sobre sus pasos para pasar bajo el Arco, que le encanta, y así va callejeando para salir a la Alameda y pasar por la calle Amor de Dios, mientras va canturreando...


Muy posiblemente continúe...
jueves, 3 de diciembre de 2009

Noches de España

El Coplero. Capítulo I.

En las noches de luna y clavel...

...he estado divagando a cerca de un personaje que bien podría protagonizar una de mis ya olvidadas historias. Se trataría de un coplero amanerado (sí, la realidad me inspira bastante) que recorre en las lúgubres noches de otoño las céntricas calles de la ciudad sevillana entonando coplillas por lo bajini, melancólico, nostálgico de una época que le hubiera gustado vivir, sintiéndose fuera de la realidad, preso de unos tiempos que no son los suyos, atrapado, solo, incomprendido... Ataviado con mantoncillo flamenco y soñándose con peineta, va echándose los rizos hacia atrás con un gesto muy a lo Jurado. Deambula por Sierpes, Velázquez, Tetuán, la Campana, a veces se adentra en Santa Cruz y rara vez pasa de la Puerta Osario, por un lado, o de Reyes Católicos, por otro.

La gente lo señala, lo apunta con el dedo... pero a él le importa un bledo. No es esa su canción, mas sí su situación. Lo llaman Er Coplero.

Su canción favorita sería Triniá y, lejos del tumulto matutino del domingo, en la soledad nocturna de la Plaza del Museo, El Coplero la interpreta cualquier día de entre semana bajo la mirada pétrea de Murillo.

Pobrecillo El Coplero, no entiende de Internet, de coches, de ropa de última moda... no sabe ni que estamos en el siglo XXI. Todavía utiliza walkman y en él escucha a veces sus cassettes de las más grandes, Estrellita Castro, la Piquer, Lola Flores y el Caracol, la Jurado, Charo Reina, Marifé... y a veces se pone algo de Camarón.


Puede que continúe... también puede que no.
jueves, 19 de noviembre de 2009

Colours

Colores... últimamente algunos me tienen un poco obsesionada.


Desde que puse la falda de camilla mi salón está lleno de bolitas rojas y hasta las pelusas que rondan por los rincones, que en otras épocas consigo que pasen desapercibidas, se tiñen de ese colorao que me está matando.
El amarillo me trae a la mente la foto de la orla y me hace sentir víctima de una broma despiadada que debió ocurrírsele a algún catedrático malvado a cuyas clases de las ocho de la mañana no asistiera nadie y decidió vengarse disfrazándonos de Mochilo el de los Fruitis.
Luego está el negro... este sí que me afecta, pues todas las mañanas cuando salgo de casa me encuentro a un hombre cuyo color de piel no es otro que el negro más negro del mundo (luego no lo puedo llamar de otra forma), esperando que algún conductor aparque en su zona y le suelte unas perrillas. Resulta que paso por delante de este tio absolutamente todas las mañanas y, joder, no soy capaz de darle los buenos días! Y el hombre se los merece... Y esto me raya mucho.
El rosa me recuerda a Pinky y eso no puedo deciros lo que es porque es un secreto de sumario cuyo significado he prometido no revelar.
Cuando pienso en el blanco me deprimo al recordar que he de que poner la lavadora con ropa blanca pero que aun no tengo suficiente, pues por muchas bragas que haya a la cola siempre serán pocas para una lavadora y tendrán que esperar la llegada de unas sábanas, de alguna toalla... y a veces la cosa empieza a ponerse peliaguda.
El verde me recuerda los libros de la academia y eso me lleva al marrón... ¡Mierda! El marrón me recuerda que debería estar estudiando en vez de escribir esta hez! Esto... bueno, pues hasta la próxima.
martes, 17 de noviembre de 2009

Flashes

Me gustan esos recuerdos fugaces que irrumpen en nuestra cabeza fuera de contexto. Me pregunto a qué se deben, por qué vienen, cómo puede ser que de repente, estando yo en mitad de una conversación insulsa con alguien que me encontré comprando, cruce por mis ojos la imagen de una tarde en mi calle, con mis amigas de la escuela, jugando a torito en alto el día de mi cumpleaños. O el otro día, que iba yo en la bici pedalea que pedalea intentando subirme la manga con los dientes para ver el reloj, cuando así, sin más, vislumbro los escalones y la baranda que suben a la terraza de mi abuela. Y lo ves tan claro que casi lo tocas, recuerdas texturas y olores y te sientes el tú de otro tiempo, pero dura muy poco, ni un segundo diría, pero oye, es curioso cómo se apoderan de ti sensaciones que ya ni te acordabas de haberlas vivido.
Vienen así... y se van igual... Sabes de lo que hablo, no?
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