miércoles, 9 de diciembre de 2009

Er cigarra

III

Al final os vais a creer y todo que voy a escribir esta historia... nada más lejos de la realidad, son sólo divagaciones! Como os dije, si yo siguiera hablando del Coplero, no podría dejarme atrás a su amigo del alma. Nada tiene este que ver con el misterioso amigo que también tendrá su vestidito de flamenca, sino que se trata de un buen hombre que le saca por lo menos veinte años al Coplero, pero cuya amistad se remonta a los días en que éste aun no había hecho ni la Primera Comunión... memorable día, por cierto, que ya veremos si contaré.

Vivía por entonces El Coplero en el mismo piso macareno en que aun vive La Lunaritoh, y era Faustino er Cigarra su vecino más próximo, vamos, puerta con puerta. Como su propio apodo indica, Faustino no tenía otro quehacer que pasar las mañanas al sol dando paseos calle arriba, calle abajo, canturreando como la cigarra, pero más dichoso que ésta, pues sabía que a fin de mes le esperaba su paguita de prejubilado gracias a la hernia inoperable de su espalda que lo incapacitaba para seguir ejerciendo en el maravilloso mundo de la construcción... sin tener por qué aguantar las miradas de reproche de las hormigas obreras.

Los infortunios de La Lunaritoh con los hombres hicieron del Coplero un niño que creció sin padre conocido y tal vez fuera esto lo que le unió a su vecino Er Cigarra, aunque no por ello iba a ser éste, maruja loca típica andaluza, quien supliera la figura masculina que el niño necesitaba.

Los libros no eran el plato favorito de nuestro amigo El Coplero, que prefería escabullirse de la escuela sin que su madre lo supiera y pasarse la mañana paseando con Er Cigarra, que como tampoco tenía dos deos de frente, se lo consentía con tal de que le hiciera compañía. Así, vino a enseñarle éste las buenas costumbres sevillanas: los desayunos cerca de las once con su tostaíta jamón, la charla con el cuponero después de comprar su cuponcito, el vinito de las doce con sus arvellanah, las aceitunitas de las doce y media, la tapita de la una, la cervecita de la una y cuarto, la partidita de cartas, la corrida de las seis, entretanto cotilleos varios, sevillanas y fandangos, palmitas y taconeos...

Ay, pero no dejaba El Coplero en aquellos tiempos de sentir cierta pena por no conocer a su pare, y algunas noches lloraba desconsolado mientras su madre, con el corazón encogido y aguantándose las lágrimas para que su niño no la viera llorar, le cantaba así al oído..



¿Continuará?

PD: las canciones forman parte de la historia

3 que dejaron huella:

Señorita Tulp dijo...

jajajaajaj es que me encanta. pa mí que esta va a ser tu mejor historia

Almendra Puck dijo...

El Buda no está escuchando las canciones y sin ellas la historia no es igual :( ¿Cómo va a ser lo mismo esta entrada si no escuchas lo que le cantaba La Lunaritoh a su niño?

Quiéeremee, aunque murmuure la hentee, yo te llevao en mis entraaañah, de mi sangre, de mih venah, dime tú a mí, rey de Espaaaaña, si no es graande mi condeena!!

Charada dijo...

vivan las costumbres sevillanas!!y se siente, mis canciones no son escuchadas así que te jorobas y sufres!!!

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