martes, 2 de marzo de 2010

Acoplándose

IX

Habían pasado ya tres o cuatro semanas desde aquel primer día en que el Coplero y la Aurori se conocieran, presos cada uno de sus propios infortunios. Poco a poco, nuestro amigo se fue acoplando (nunca mejor dicho) a la nueva (aunque antigua) Sevilla en que ahora vivía. Nunca llegó a revelar su nombre, así que todos lo llamaban, simplemente, Coplero.

Hizo éste una especie de trato con la jefa de la Aurori, de forma que Antoñita la Porrúa (que era como la llamaban) le pagaba unas pesetas por ayudar a cargar fruta y por desempeñar todo tipo de tareas que a ella se le antojasen necesarias. Para cualquier cosa que hiciera falta, allí estaba el Coplero, disponible 24 horas, lo que venía siendo un esclavo por cuatro perras y media. Las noches las pasaba en una pensión cutre y apestosa pero que, por lo menos, se situaba en pleno casco antiguo, haciendo esquina en Doña Guiomar, zona antes conocida como La Laguna de la Pajería*, y, sólo con eso, para él ya podía tener cucarachas 4x4, mosquitos con cinco aguijones o ratas-velocirraptor, que él estaba feliz.



Tal y como lo dejamos en el capítulo anterior, el Coplero seguía confuso. Es más, en el transcurso de estas semanas su confusión no había hecho más que aumentar de manera exponencial. Ocurre que el Coplero, que nunca tuvo una figura paterna, desde niño siempre estuvo harto de las mujeres que entraban y salían de su entorno, siempre cotilleando, hablando por los codos, cosiendo, bordando, probándose vestidos de lunares y volantes y soltando grititos estridentes que, aunque fuesen de alegría, servirían perfectamente para ambientar las escenas más terroríficas. Tal vez por esto, aunque inconscientemente y sin querer, el Coplero se comportara como una más de estas histéricas modistas, zurcidoras y mocitas sevillanas con las que pasaba horas y horas, ayudando él también de vez en cuando en la labor a lo largo de aquellas largas tardes en el taller de costura. Algo que ni siquiera Er Cigarra, su único amigo varón, pudo mitigar, pues, como ya dije en su día, er Cigarra era una auténtica maricona. Y, tal vez por esto también, creyera el Coplero que lo que quería poner en su vida era un hombre, pues, además, todos daban por hecho, por su actitud y comportamiento, que él pertenecía a la misma acera que su amigo.

Sin embargo, el Coplero, a sus 32 años, la edad de Jesucristo cuando Jesucristo tenía 32, jamás de los jamases había llegado a sentir las mariposas del amor, no habiendo podido comprobar así cuál era realmente su verdadera tendencia sexual. Es por esto, que nuestro amigo tuvo nada más y nada menos que viajar al pasado para darse cuenta de que, a pesar de lo que le habían hecho creer y a pesar de su amaneramiento, no, él no era homosexual.

¡CONTINUARÁ!

*N. del A.: toda aquella zona era conocida como Laguna de la Pajería por su tendencia a inundarse y formar lagunas y porque era donde se vendía la paja.

3 que dejaron huella:

BudaDorado dijo...

maravillosa entradaaaa!por fin sabemos qué hay en el interior del coplero!!

Señorita Tulp dijo...

jajajaja es que la aurori es mucha aurori. veo que has investigado lo de la pajería!! espero con ansia la expedición por triana!

Charada dijo...

oh!!!!sabía que al final nos iba a salir un enamorado de la aurori...ah, buena documentación para la ambientación, si al final tanto paseo da sus frutos!=)

| Top ↑ |